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El bosque animado

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Publisher: Espasa-Calpe

4.1
(73)

Language:Español | Number of Pages: | Format: Others

Isbn-10: 846702190X | Isbn-13: 9788467021905 | Publish date: 

Also available as: Mass Market Paperback , Paperback , Hardcover

Category: Fiction & Literature

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Book Description
Éste -nos dice Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964)- es el libro de la fragua de Cecebre. San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta se entera de muchas historias... Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas: que está animado el bosque entero. Afinando su mirada poética, Fernández Flórez ha logrado captar todas esas historias y comunicarlas en esta novela deliciosa y profunda. El lector que se acerque a ella descubrirá bajo la seductora y mágica narración los latidos ocultos del alma humana en consonancia con la naturaleza. José-Carlos Mainer, catedrático de Literatura de la Universidad de Zaragoza, nos ofrece una guía muy rica en sugerencias de lectura y explica la significación del autor en la narrativa de su tiempo.
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  • 4

    http://despuesdelnaufragio.blogcindario.com/2014/02/01468-el-bosque-animado-wenceslao-fernandez-florez.html

    Una fraga que cobija árboles que cantan y acogen animales, cuevas y casas donde habitan ...continue

    http://despuesdelnaufragio.blogcindario.com/2014/02/01468-el-bosque-animado-wenceslao-fernandez-florez.html

    Una fraga que cobija árboles que cantan y acogen animales, cuevas y casas donde habitan mujeres famélicas y hombres con una pata de palo, ventanas encendidas que parecen pequeñas estrellas en la lejanía, bandidos que quieren robar en la casa del cura, topos que buscan a su mujer perdida, moscas sin memoria y gatos que intentan imitar a los grandes felinos, una vía férrea y el sonido del tren, truchas que compiten por ver quién se lleva el saltamontes o la mosca del anzuelo, historias de aparecidos y meigas, las luces fantasmales de la santa campaña y un gusano viajero, promesas por cumplir y los últimos segundos bajo tierra y nuestro deseo más íntimo que se cumple antes de morir.

    El bosque animado es la historia de la fraga de Cecebre, un microcosmos de animales, árboles y seres humanos que conviven, luchan, se ayudan o se cuentan historias de otros tiempos. Dividida en estancias, El bosque animado es un libro tierno, luminoso, a veces triste, se cruzan las conversaciones de los árboles con postes telegráficos con historias de marinos que pierden una pierna en la caza de la ballena, un hombre que decide ser bandido con los conjuros de la meiga, una reunión de moscas con visitas a la ciudad. Todo parece ordenado en la fraga de Cecebre, está el bandido, el cura, la meiga, el señor del pazo, las lecheras.

    Wenceslao Fernández Flórez une la naturaleza con las emociones de los hombres, los árboles que ocultan y cuidan las casas dentro de la fraga como si fueran madrigueras, las pequeñas cabañas donde fumar y pensar en amores perdidos y el horizonte montañoso que parece aislar la fraga y los sentimientos del resto del mundo, los días de lluvia y niebla que empequeñecen el ánimo y las noches de luna que crean sombras, miedos y la emoción de la aventura. La fraga es un territorio mágico, mítico, la pequeña barrera que la separa de la aldea, los caminos de tierra, el rumor del viento en los árboles y el río, los aparecidos que esperan que alguien cumpla por ellos la promesa que hicieron en vida y que sueñan con las cotas americanas. Entrar en ella es entrar en un lugar de leyenda, tan importante es la aventura de un topo en busca de su mujer o un murciélago que avisa de la llegada de la noche como la tristeza de Geraldo por su amor perdido, los intentos de Fendetestas por robar en la casa del cura o la luz del sol entre las ramas de los árboles, el cambio de las estaciones, la lluvia que enverdece la fraga. Todo está unido dentro de la fraga, señales de un mismo mapa.

    Hay momentos inolvidables, la forma de robar de Fendetestas al grito de ¡me caso en Soria!, el deambular de un gusano preguntándose por su fealdad e inutilidad, las conversaciones de los joviales árboles con un poste telegráfico gruñón, los lamentos del ánima Fiz Cotovelo, el amor sencillo de Geraldo por Hermelinda, la batalla de los gatos por cazar un buey, unas galerías bajo tierra con seres extraños, medio hombres, medio animales, un descanso antes de la muerte. Las estancias de El bosque animado se desarrollan con pausa, cuentan pequeñas historias a veces homéricas, a veces melancólicas.

    Nadie puede decir exactamente por qué, y hasta quizá lo negaría, pero todos los espíritus sienten una turbación cuando les envuelve la fraga; los niños no pasan de sus linderos, las muchachas la atraviesan con un recelo palpitante porque se acuerdan por la noche de ese fantasma alto, alto y blanco, blanco, que es la Estadea, y por el día, del sátiro al que los poetas han hecho funerales desde que nadie volvió a verle en las montañas polvorientas de Grecia ni en las florestas de Italia, pero que vive misteriosamente refugiado —con el extraño nombre de Rabeno— en las umbrías de Galicia, sin más cronistas que las viejas y las mozas que hablan de él entre risas y miedos, en la penumbra de la cocina donde arden el tojo y el brezo y las ramas de roble vestidas de musgo gris. Cuando los hombres que van a la feria de Cambre atraviesan la honda corredoira, piensan que es una buena y fanfarrona compañía el ruido que hacen en los guijarros las herraduras de sus caballejos menudos, omnívoros y despeinados, de color guinda en aguardiente, que no galopan nunca, pero no se cansan jamás. Y el señor del pazo, si pasea lentamente por los asombrados veriles, se acuerda de que escribió algunos versos en su juventud, y otras veces medita sin amargura en la muerte. La fraga es ella misma un ser compuesto de muchos seres. Como la ciudad. Pero es más varia que la ciudad, porque en la ciudad el hombre lo es todo y su carácter se imprime hasta el panorama urbano, y en la fraga el hombre resulta apenas un detalle del que se puede prescindir. Hasta no es muy seguro que el hombre sea también en la fraga la conciencia de la naturaleza, porque cuando el lagarto se queda inmóvil, como una joya verde y añil abandonada sobre una roca, o la urraca se detiene en un árbol a mirar con sus ojos pequeñitos los charcos que brillan y las hojas que tiemblan, o el penacho apretado y tierno de un pino de cuatro años se asoma sobre el tojo, podría jurarse que de alguna manera sienten en su sangre o en su savia la dulzura, el misterio y el encanto de aquel lugar. Éste es el libro de la fraga de Cecebre. San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves. Ni llanuras ni tierras ociosas. Gente honesta que no desdeña ni el vino nuevo ni las costumbres antiguas, y cuyo vago amor a lo extraordinario les impele a buscar en el Santoral los nombres que juzgan más infrecuentes o más bellos al bautizar a sus hijos. Parece que está en el fin del mundo, pero en los días de noroeste el aullido de las sirenas de los transatlánticos que anclan en La Corana llega hasta allí, salvando quince kilómetros, y aviva en el alma de los labriegos esa ansia de irse que empujó a los celtas por toda Europa en siglos de penumbra, y los reparte hoy por ambos hemisferios. En el idioma de Castilla, fraga quiere decir breñal, lugar escabroso poblado de maleza y de peñas. Pero tal interpretación os desorientaría, porque fraga, en la lengua gallega, significa bosque inculto, entregado a sí mismo, en el que se mezclan variadas especies de árboles. Si fuese sólo de pinos o sólo de castaños o sólo de robles, sería un bosque, pero ya no sería una fraga. Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta, vertida hacia fuera, en estado —aunque transitorio— de novedad, se entera de muchas historias. No hay que hacer otra cosa que mirar y escuchar, con aquella ternura y aquella emoción y aquel afán y aquel miedo de saber que hay en el espíritu de los niños. Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas; que está animado el bosque entero; almas infantiles también, pequeñitas y variadas, como mariposas, y que se entienden, sin hablar, con la nuestra, como se entienden entre sí los niños pequeñitos que tampoco saben hablar. Pero los hombres suelen llevar rayada ya —como un disco gramofónico— la superficie endurecida de su ánimo, con sus lecturas y sus meditaciones, con sus placeres y sus ocupaciones, con sus cariños y sus aborrecimientos. Y van de aquí para allá, pero siempre suenan lo mismo, como sonaría el disco en aparatos diversos, y ellos no pueden escuchar nunca más que la propia voz de su vida ya cuajada. Es en vano que pasen de la montaña al mar o de las calles asfaltadas a los senderillos aldeanos, porque la aguja de cualquier emoción correrá fatalmente por las rayitas de su alegría o de su desgracia y sonará la canción de siempre. Si esos hombres se asoman a la fraga, piensan que el aire es bueno de respirar, o en cuánto dinero producirá la madera, o en la dulzura de pasear entre la sombra verde con su amada, o en devorar una comida sobre el musgo, cerca del manantial donde pondrían a refrescar las botellas. Nada más pensarían, y en nada de ello estaría la fraga, sino ellos. ¡Triste obsesión que hace tan pequeños los horizontes de la vida como el redondel de un disco! ¡Yo, yo, yo!, va raspando la aguja hasta ese final que copia tan bien los estertores humanos. Éste es el libro de la fraga de Cecebre. Si alguno de esos hombres llega a hojearlo, ¿podrá encontrar la ternura un poco infantil necesaria para gustar sus historias?

    ( … )

    Cuando Fendetestas abandonó sus tareas de jornalero en Armental para emprender la higiénica vida del ladrón de caminos, no disponía más que de un pistolón probado algunas veces en las reyertas de romería, y cuyo cañón, enmohecido y atado con cuerdas, parecía casi el cañón de un trabuco. Fendetestas llevó también a la fraga un ideal: robar la casa de algún cura. No hubo ni hay en el campo gallego un solo ladrón que no haya robado a un cura o soñado en robarle. Es un tópico de la profesión. Puede ocurrir —y hasta es frecuente— que los curas sean más pobres que los mismos labriegos, pero esto no librará a sus casas del asalto. Se ignora el espejismo o la voluptuosidad que incita a los ladrones a preferir estas empresas —acaso una reminiscencia de los tiempos del clero poderoso y feudal—, pero puede afirmarse que si desapareciesen súbitamente de Galicia todos los curas, todos los ladrones se encontrarían desconcertados y con la aprensión angustiosa de que se había acabado su misión en las aldeas. Xan de Malvís pensó, naturalmente, en robar a un párroco, pero aplazó su proyecto para cuando hubiese adquirido cierta perfección en el oficio. Las primeras semanas las dedicó a desvalijar a los labriegos que volvían de vender ganado en las ferias. Se tiznaba grotescamente el rostro y aparecía en lo sumo de la corredoira dando brincos, apuntando con el pistolón y gritando, para amedrentar a sus víctimas: —¡Alto, me caso en Soria! Y no le iba mal. Apañó el primer mes dieciocho duros, más de lo que ganaba en un trimestre trabajando para los labradores de Armental. Comía lo suficiente, dormía en una cueva arcillosa que iba dando, poco a peco, a su traje la dureza de una tabla, y entretenía sus largos ocios haciendo trampas para pájaros. Por las noches miraba largamente la luna, oía los perros de las aldeas, rezaba un padrenuestro y resbalaba hasta el sueño pensando: «El día que me resuelva a robar en la casa del cura…». Wenceslao Fernández Flórez El bosque animado (Austral)

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  • 5

    Naturaleza tierna y humana.

    "Éste -nos dice Wenceslao Fernández Flórez- es el libro de la fraga de Cecebre. San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Cuando un hombre consigue llevar a la ...continue

    "Éste -nos dice Wenceslao Fernández Flórez- es el libro de la fraga de Cecebre. San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta se entera de muchas historias... Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas: que está animado el bosque entero."

    Bellísima descripción de la VIDA en los bosques gallegos. Una narración acerca de la naturaleza y su relación con el hombre profundamente humana, donde cada ser vivo, animal o vegetal, del bosque tiene voz propia, y por ello es capaz de transmitirnos como siente y vive. El zorro, la mosca, la trucha, el perro .... todos conviven dentro de la fraga (bosque virgen en gallego) de Cencebre, y viven con el hombre como ser supremo. Así, la fraga es en si misma un ser vivo hecho de muchos seres. Pero no solo es este un relato tierno y de intimos y preciosos sentimientos, si no que además, otra virtud de esta novela es la de darnos a conocer las costumbres y mentalidad del rural gallego. Un mundo profundamente espiritual, donde lo maravilloso y lo habitual se dan la mano y caminan juntos.

    De verdad que os recomiento esta lectura. Teneis otra critica en http://tertuliaporvenirxxi.blogspot.com/2008/12/wenceslao-fernndez-flores-el-bosque.html

    Por cierto, esta novela fue llevada al cine por Jose Luis cuerda en 1987, con Alfredo Landa en el papel de un bandido del bosque...

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