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Jacques e il suo padrone

Omaggio a Denis Diderot in tre atti

By Milan Kundera

(308)

| Others | 9788845909566

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10 Reviews

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    10 stelle

    Il modo migliore per iniziare il nuovo anno: farsi coccolare da Kundera, mente brillante e amorevole mentore.
    Proprio per questo, a differenza di quello che pensano Jacques e il suo Padrone, ora desidero fortemente leggere "Jacques il fatalista" di D ...(continue)

    Il modo migliore per iniziare il nuovo anno: farsi coccolare da Kundera, mente brillante e amorevole mentore.
    Proprio per questo, a differenza di quello che pensano Jacques e il suo Padrone, ora desidero fortemente leggere "Jacques il fatalista" di Diderot :)

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    Lorimeyers82 said on Jan 1, 2013 | Add your feedback

  • 1 person finds this helpful

    Splendida variazione del romanzo-conversazione di Diderot "Jacques il fatalista e il suo padrone", un vero e proprio omaggio che Kundera presenta al filosofo illuminista, sotto forma di originalissima e rivoluzionaria opera teatrale, dove passato e p ...(continue)

    Splendida variazione del romanzo-conversazione di Diderot "Jacques il fatalista e il suo padrone", un vero e proprio omaggio che Kundera presenta al filosofo illuminista, sotto forma di originalissima e rivoluzionaria opera teatrale, dove passato e presente sono contestuali, dove Kundera gioca con la scena e non esita a definirsi "Dio dei personaggi".

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    Patrizia59 said on Jun 20, 2012 | Add your feedback

  • 1 person finds this helpful

    1971 (publicada diez años más tarde, en 1981)

    Genial, como toda la obra de Kundera, el único escritor del que me gusta absolutamente todo.
    Copio las primeras páginas del prólogo:

    1

    Cuando los rusos ocuparon, en 1968, mi pequeño país, todos mis libros quedaron prohibidos y, de golpe, ya no ...(continue)

    Genial, como toda la obra de Kundera, el único escritor del que me gusta absolutamente todo.
    Copio las primeras páginas del prólogo:

    1

    Cuando los rusos ocuparon, en 1968, mi pequeño país, todos mis libros quedaron prohibidos y, de golpe, ya no tuve posibilidad legal alguna de ganarme la vida. Varias personas quisieron ayudarme: un día, un director de teatro fue a verme para proponerme que escribiera, con su nombre, una adaptación teatral de El idiota de Dostoievski.

    Volví, pues, a releer El idiota y comprendí que, incluso si tuviera que morirme de hambre, no podría hacer ese trabajo. Aquel universo de gestos excesivos, de profundidades oscuras, de sentimentalidad agresiva, me repugnaba. Sentí, repentina e inexplicablemente, nostalgia de Jacques el Fatalista.

    -¿No preferiría usted un Diderot a un Dostoievski?

    Él no lo prefería. Yo, en cambio, no pude deshacerme de aquel extraño deseo; con el fin de permanecer el mayor tiempo posible en compañía de Jacques y su amo, empecé a imaginarlos como a personajes de mi propia obra de teatro.

    2

    ¿Por qué esa repentina aversión por Dostoievski?

    ¿Reflejo antirruso de un checo traumatizado por la ocupación de su país? No, ya que nunca dejé de amar a Chejov. ¿Dudas acerca del valor estético de su obra? No, ya que mi aversión, que me sorprendió a mí mismo, no pretendía ser en absoluto objetiva.

    Lo que me irritaba de Dostoievski era el clima de sus libros; el universo en el que todo se vuelve sentimiento; en otras palabras: en el que se eleva el sentimiento al rango de valor y verdad. Era el tercer día de la ocupación. Me encontraba en mi coche entre Praga y Budejovice (ciudad donde Camus situó El malentendido). Por las carreteras, los campos, los bosques, por todas partes acampaban soldados de infantería rusos. Detuvieron mi coche. Tres soldados se pusieron a hurgar en él. Una vez terminada la operación, el oficial que la había ordenado me preguntó en ruso “Kak chuvstvuyetyece?”, o sea: “¿Cómo se siente? ¿Cuáles son sus sentimientos?” La pregunta no era ni malintencionada ni irónica. Por el contrario, continuó el oficial: “Todo esto es un gran malentendido. Pero se arreglará. Debe saber que amamos a los checos. ¡Les amamos!”.

    El paisaje devastado por miles de tanques, el porvenir del país comprometido durante siglos, los hombres de Estado checos detenidos y secuestrados, ¡Y el oficial del ejército de ocupación me suelta una declaración de amor! Compréndanme bien: no quiso expresar un desacuerdo con la invasión, no, en absoluto. Todos hablaban más o menos como él. Su actitud no se cimentaba en el placer sádico de los violadores, sino en otro arquetipo: el del amor herido: ¿Por qué esos checos (¡a los que tanto amamos!) no quieren vivir con nosotros y de la misma forma que nosotros? ¡Qué pena que haya sido necesario recurrir a los tanques para enseñarles lo que es el amor!

    3

    La sensibilidad le es indispensable al hombre, pero se vuelve temible en cuanto se la considera un valor, un criterio de la verdad, la justificación de un comportamiento. Los sentimientos nacionales más nobles están a punto para justificar los peores horrores; y, con el pecho inflado de sentimientos líricos, el hombre comete bajezas en el sagrado nombre del amor.

    La sensibilidad que reemplaza al pensamiento racional pasa a ser el fundamento mismo de la incomprensión y de la intolerancia; pasa a ser, como dijo Carl Gustav Jung, la “superestructura de la brutalidad”. La elevación del sentimiento al rango de valor se remonta muy lejos, tal vez hasta el momento en que el cristianismo se separó del judaísmo. “Ama a Dios y haz lo que quieras”, dijo San Agustín. La célebre frase es reveladora: el criterio de la verdad se desplaza así del exterior al interior: cae en lo arbitrario de lo subjetivo. La vaguedad del sentimiento de amor (“¡Ama a Dios!”, imperativo cristiano) reemplaza la claridad de la Ley (imperativo del judaísmo) y se convierte en el muy impreciso criterio de la moral.

    La historia de la sociedad cristiana es una escuela milenaria de sensibilidad: Jesús en la cruz nos enseñó a adular el sufrimiento; la poesía caballeresca descubrió el amor; la familia burguesa nos hizo sentir la nostalgia del hogar; la demagogia política consiguió “sentimentalizar” la voluntad de poder. Es toda esa larga historia la que ha moldeado la riqueza, la fuerza y la belleza de nuestros sentimientos.

    Pero, a partir del Renacimiento, la sensibilidad occidental quedó equilibrada por un espíritu complementario: el de la razón y la duda, del juego y la relatividad de las cosas humanas. Es entonces cuando Occidente entra en su plenitud.

    En su célebre discurso en Harvard, Solzhenitsyn situó el inicio de la crisis de Occidente precisamente en esa época del Renacimiento. Es Rusia, en tanto que civilización particular, la que se expresa y se revela en este juicio; en efecto, su historia se distingue de la de Occidente precisamente por la ausencia del Renacimiento y del espíritu que surgió de él. Por ese motivo, la mentalidad rusa conoce otro equilibrio entre la racionalidad y la sensibilidad; en este otro equilibrio (o desequilibrio) se encuentra el célebre misterio del alma rusa (tanto de su profundidad como de su brutalidad).

    Cuando la pesada irracionalidad rusa cayó sobre mi país, sentí la necesidad instintiva de respirar hondo el espíritu de los Tiempos Modernos occidentales. Y me parecía que no estaría nunca tan concentrado en semejante densidad como en este festín de inteligencia, humor y fantasía que es Jacques el Fatalista.

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    CriRcaLloStian Mureris said on Jun 17, 2012 | Add your feedback

  • 1 person finds this helpful

    Leggero e brillante. Divertente come Amori Ridicoli, intelligente come La Vita è Altrove. Uno dei migliori di Kundera, abilissimo nell'abbandonare per un centinaio di pagine il dolore della separazione dalla Cecoslovacchia, immergersi nell'amore per ...(continue)

    Leggero e brillante. Divertente come Amori Ridicoli, intelligente come La Vita è Altrove. Uno dei migliori di Kundera, abilissimo nell'abbandonare per un centinaio di pagine il dolore della separazione dalla Cecoslovacchia, immergersi nell'amore per il romanzo del settecento, in particolare di Diderot, e dedicarsi totalmente alla creazione di una versione eccezionale di Jacques Le Fataliste. Ne nasce un'opera teatrale fresca, scanzonata e pungente.
    Assolutamente intrigante e appassionante anche l'introduzione saggistica dell'autore stesso.
    Da gustarsi tutto in una volta.

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    Sally Cinnamon said on Dec 27, 2011 | Add your feedback

  • 4 people find this helpful

    L'OMAGGIO DI MILAN KUNDERA A DENIS DIDEROT

    E' un testo costituito da un'introduzione alla variazione, scritta dallo stesso autore, e da un testo teatrale costruito sull'opera di Denis Diderot “Jacques il fatalista e il suo padrone.”
    L’opera teatrale fu scritta nel momento in cui nel suo pae ...(continue)

    E' un testo costituito da un'introduzione alla variazione, scritta dallo stesso autore, e da un testo teatrale costruito sull'opera di Denis Diderot “Jacques il fatalista e il suo padrone.”
    L’opera teatrale fu scritta nel momento in cui nel suo paese furono soppresse ogni forma di libertà da parte degli occupanti sovietici e Kundera sentì il bisogno di rifugiarsi in un testo che si può ritenere per il suo impatto formale trasgressivo un vero e proprio canto di lode alla libertà.
    L’opera mantiene l’intrigo sapiente, il susseguirsi degli episodi rocamboleschi e sfavillanti, i dialoghi sagaci e incantevoli dell'opera di Diderot.
    Dopo alcune realizzazioni teatrali "infarcite di assurdità", Kundera ne ha autorizzato la realizzazione alle sole compagnie amatoriali: "nulla può recare maggior danno all'arte di una grossa somma di denaro nelle mani di uno sciocco ambizioso.".
    Chi conosce Milan Kundera sa che la sua opera romanzesca è inseparabile dalle sua pregevoli riflessioni sulla «saggezza dell’incertezza» di cui il romanzo è portatore fin dalla sua nascita una delle forme di resistenza ai principali «agenti del rimbecillimento» planetario, cioè a tutte quelle forme della tecnica dominate dallo spirito di semplificazione dell’esistenza umana e concentrate in modo inaudito sull’attualità.

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    Alifib said on Aug 22, 2011 | 1 feedback

  • 1 person finds this helpful

    Recensione.

    La trama, per sommi capi.
    Jacques e il suo padrone, personaggi di Diderot, continuano le loro avventure molto poco vissute e molto più raccontate e ricordate. S'intrecciano, in questa “variazione” kunderiana, temi e ricordi che nell'originale ...(continue)

    La trama, per sommi capi.
    Jacques e il suo padrone, personaggi di Diderot, continuano le loro avventure molto poco vissute e molto più raccontate e ricordate. S'intrecciano, in questa “variazione” kunderiana, temi e ricordi che nell'originale non c'erano o che erano solo accennati; e altri nuovi temi si aggiungono.

    Fuori l'autore.
    Milan Kundera è forse tra i più grandi romanzieri viventi, semmai questo, per un romanziere, sia ancora da ascriversi a suo merito. Vincitore di premi ed esempio tra i più grandi di scrittore pubblicamente scorbutico, romanziere molto “politico” ma impegnato politicamente a smentire qualunque attribuzione politica gli venga fatta, passa con disinvoltura dal grande romanzo all'acutissimo saggio. Ama ripetersi e riprendere spesso gli stessi temi – per chi non l'avesse ancora capito, lo fa proprio a bella posta.

    La recensione in senso stretto.
    Una premessa va fatta subito: le “variazioni” possono essere difficili da leggere. Sia che si abbia bene in mente l'opera cui ci si rifà, sia che non la si conosca affatto, rimane una sensazione di inadeguatezza, come se si dovesse comunque sapere chissà cosa prima di leggere. Non è così, credo, e vi prego di avvicinarvi a Jacques e il suo padrone senza pensare che si debba per forza conoscere il romanzo di Diderot cui ci si riferisce.
    Kundera sceglie il testo teatrale, ma lo fa per “mettere in scena” un romanzo: il suo è un procedimento che mescola didascalia e romanzo, nel quale insomma viene letteralmente rappresentato un romanzo. I personaggi non fanno che raccontare storie, e parlano di come si dovrebbero raccontare le storie; si giudicano l'un l'altro a seconda della storia raccontata, e si scambiano i ruoli, continuamente, di protagonista e narratore. I problemi diegetici ci sono tutti: come si comincia, come si porta avanti, come si conclude una storia, sono gli argomenti nei quali e tra i quali i personaggi raccontano anche la propria storia, sospendendo continuamente il loro discorso, interrotti da un perenne “zapping” dell'attenzione narrativa che si sposta – come raccomandato dall'autore – da un piano rialzato del palcoscenico all'altro.
    Mentre si raccontano storie, si ride e si piange in scena, Kundera non risparmia critiche feroci a niente e nessuno. Il potere politico, l'amore, l'amicizia, il denaro, il mestiere dello scrivere, il caso, il destino, sono tutti allegramente smascherati nel loro essere letterari, costruiti, finzione, esattamente come la messa in scena in cui Jacques e il suo padrone continuano, imperterriti, a parlarsi. Il richiamo beckettiano è fortissimo, ma in questo caso non c'è nessuno da aspettare. Non so giudicare quanto questo sia auspicabile.

    Perché dovrei leggerlo.
    Per capire cos'è un omaggio, una variazione. Per capire cosa vuol dire essere originali, dopo che tutto è già stato scritto. Per capire che si può amare il romanzo senza necessariamente scriverne uno. Sì, questa piccola pièce teatrale è anche un piccolo manuale didattico, per il romanziere, per lo sceneggiatore e per l'attore. Lo consiglierei caldamente a una compagnia di attori non professionisti.

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    Lorenzo Gasparrini said on May 31, 2010 | Add your feedback

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