L'estate incantata

Di

Editore: Mondadori (Oscar, 1836)

4.1
(341)

Lingua: Italiano | Numero di pagine: 220 | Formato: Paperback | In altre lingue: (altre lingue) Inglese , Tedesco , Spagnolo , Giapponese , Russo

Isbn-10: A000033008 | Data di pubblicazione:  | Edizione 1

Curatore: Giuseppe Lippi

Disponibile anche come: Altri , Tascabile economico

Genere: Narrativa & Letteratura , Fantascienza & Fantasy , Adolescenti

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Descrizione del libro
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  • 5

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2015/12/el-vino-del-estio-ray-bradbury.html

    (Diciembre es un mal mes para leer. Por su rapidez y ansiedad. Digo esto porque, en condiciones norma ...continua

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2015/12/el-vino-del-estio-ray-bradbury.html

    (Diciembre es un mal mes para leer. Por su rapidez y ansiedad. Digo esto porque, en condiciones normales, El vino del estío habría caído en un par de días y no en una semana y habría sido una lectura aún más placentera de lo que fue, un libro que está entre mis favoritos de Bradbury junto a Crónicas marcianas y El hombre ilustrado).

    Un muchacho de doce años, una ventana y el inicio del verano de 1928, el sonido de las hamacas en los porches y la diminuta luz de las luciérnagas, las largas puestas de sol, los juegos en cañadas misteriosas y la vida que se abre poco a poco, un mundo de máquinas modestas y sinceras, las máquinas del tiempo que sólo pueden ir al pasado o las máquinas que predicen el futuro con cartas de Tarot o máquinas verdes que sirven para dar un paseo o la máquina de la felicidad que entristece al que entra en ella, el vino de los dientes de león y las botellas que recuerdan cada día del verano, las muertes, encuentros, aventuras y sueños que sucedieron durante tres meses y que dejaron a Doug y sus amigos más cerca de la edad adulta.

    El vino de diente de león.
    Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillas a ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos.
    Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella... la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul.
    Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.

    Ray Bradbury construye una novela cálida y sencilla en El vino del estío, y la puebla de pequeñas aventuras y personajes misteriosos o extravagantes, cuentos que hablan de un verano y un muchacho que descubre que está vivo (el vértigo y la pasión), que le espera la muerte y que mira atento el mundo que le rodea y busca los detalles que forman un verano, las hamacas, las charlas en los porches, las carreras por las calles, las luciérnagas y las historias de los viejos del lugar. La mirada inocente e indagadora de Doug y su hermano pequeño Tom ante el verano y el mundo de los adultos, sus reflexiones sobre qué significa estar vivo y cómo deben transcurrir los rituales del verano, su manera de encarar la oscuridad de la noche o una mansión polvorienta, su continua búsqueda y su lucidez.

    En El vino del estío hay una sucesión de personajes secundarios entrañables, el hombre nonagenario que recuerda las manadas de bisontes o los números de magia y cabaret, una ventana a un pasado desaparecido, la anciana que regala sus fotos y objetos de niña porque no puede volver atrás y descubre que sólo existe el ahora y que la niña que fue ha desaparecido para el mundo presente, el abuelo que hace vino de los dientes de león, el trapero que lleva en su carromato objetos de segunda mano para intercambiar con los niños del pueblo, el conductor del último tranvía, que invita a los niños a un viaje final. Es un mundo en cambio el de El vino del estío, Doug y Tom asisten al paso del tiempo, a los rituales propios del verano y ven cómo pierde parte de su infancia y personas queridas.

    Bradbury escribió El vino del estío a lo largo de diez años, y por momentos parece una caja contenedora donde poner recuerdos y personas, el tono íntimo y cálido para hablar de un verano y sus mitos. Doug y Tom ante los rituales del verano, las primeras zapatillas de tenis, las primeras pisadas desnudas sobre la hierba, el recuerdo del invierno como una frontera oscura y la ilusión por el descubrimiento. Y en ese descubrimiento, la vida y la muerte.

    Sacó una libreta de tapa gris amarillenta. Sacó un lápiz amarillo. Abrió la libreta. Pasó la lengua por la punta del lápiz.
    — Tom -dijo-, tú y tus estadísticas me habéis dado una idea. Llevaré cuenta de las cosas. Por ejemplo, ¿notaste que todos los veranos repetimos cosas del verano anterior?
    — ¿Como qué, Doug?
    — Como hacer vino, como comprar zapatos tenis, como lanzar el primer cohete del año, como hacer limonada, como clavarnos astillas en los pies, como recoger moras silvestres. Todos los años lo mismo. Esto es la mitad del verano, Tom.
    — ¿Y la otra mitad?
    — Cosas que hacemos por primera vez.
    — ¿Como comer aceitunas?
    — Más importantes. Como descubrir que el abuelo o papá quizá no lo saben todo.
    — ¡Saben lo que se puede saber! ¡No lo olvides!
    — Tom, no discutas. Ya lo he anotado bajo DESCUBRIMIENTOS. Pero no es un crimen. He descubierto eso, también.
    — ¿Qué otras locuras tienes ahí?
    — Estoy vivo.
    — ¡Eh, eso es viejo!
    — Pensarlo, notarlo, es nuevo. Uno hace cosas sin pensar. De pronto miras y ves qué estás haciendo, y es la primera vez, realmente. Voy a dividir el verano en dos partes. La primera parte de esta libreta se titula: RITOS Y CEREMONIAS. La primera cerveza agria del año. La primera vez que uno corre con los pies desnudos por la hierba. El primer baño en el lago. La primera sandía. El primer mosquito. La primera cosecha de dientes de león. Aquí, como dije, están los DESCUBRIMIENTOS Y REVELACIONES, o quizá ILUMINACIONES (una palabra hermosa), o quizá INTUICIONES. En fin, haces algo viejo y familiar, como embotellar vino, y lo pones bajo RITOS Y CEREMONIAS. Y luego piensas, y pones lo que piensas, aunque sea una locura, bajo DESCUBRIMIENTOS Y REVELACIONES. Mira lo que puse del vino: Cada vez que lo embotellas, guardas un buen pedazo de 1928. ¿Qué te parece, Tom?
    — No pude seguirte.
    — Te mostraré otra cosa. Bajo CEREMONIAS: Primera paliza de papá en el verano de 1928 la mañana del 24 de junio. Y en REVELACIONES escribí: "Los mayores y los chicos siempre pelean porque son de raza distinta" y "Las paralelas nunca se encuentran", ¡Fúmate eso, Tom!
    — ¡Doug, es cierto, es cierto! Por eso no nos entendemos con mamá y papá. ¡Dificultades, siempre dificultades, del desayuno a la cena! ¡Doug, eres un genio!
    — Cada vez que hagas algo repetido en estos meses, dímelo. Piensa luego, y dime eso también. Cuando llegue setiembre, sumaremos las cosas del verano y veremos qué descubrimos.
    — Tengo una estadística para ti, ahora mismo, Doug. Toma el lápiz. Hay cinco billones de árboles en el mundo. Debajo de cada árbol hay una sombra, ¿no es cierto? Bueno, ¿por qué hay noches? Te lo diré: ¡sombras que salen de debajo de cinco billones de árboles! ¡Piénsalo! Sombras que corren por el aire, que emborronan las aguas, podrías decir. Si pudiéramos descubrir un modo de guardar esos cinco malditos billones de sombras bajo los árboles, podríamos quedarnos levantados la mitad de la noche, Doug, ¡pues no habría noche! Ahí tienes, algo viejo, algo nuevo.
    — Es algo viejo y nuevo, realmente. -Douglas pasó la lengua por el lápiz, con ese nombre, Ticonderoga, que tanto le gustaba:- Dilo otra vez.
    — Sombras bajo cinco billones de árboles...

    ***

    Sí, el verano era ritos, celebrados en el momento y el sitio indicados. El rito de la limonada y el té frío, el rito del vino, los pies calzados, o descalzos, y al fin, con una silenciosa dignidad, el rito de la hamaca en el porche.
    En el tercer día de verano, a la tarde, el abuelo salió de la casa y contempló serenamente las dos anillas en el cielo raso del porche. Acercándose a la baranda, donde se alineaban las macetas de geranios, como Ahab cuando estudiaba el día apacible y el cielo apacible, alzó el dedo húmedo estudiando el viento, y se arremangó la chaqueta para ver cómo se sentía uno en mangas de camisa en las últimas horas de la tarde. Respondió al saludo de otros capitanes en otros porches florecidos, que habían salido a observar la dulce y terrestre corriente del clima, olvidados de las mujeres que gorjeaban o protestaban detrás de las oscuras puertas.
    — Muy bien, Douglas, pongámosla.
    La encontraron en el garaje, polvorienta, y la llevaron como la torrecilla de un elefante, a los silenciosos festivales de las noches de verano, y el abuelo la encadenó a las anillas del cielo raso.
    Douglas, más liviano, fue el primero en sentarse en la hamaca. Poco después, el abuelo instalaba su peso pontifical junto al niño. Se miraron sonriendo, asintiendo con movimientos de cabeza, mientras se balaceaban silenciosamente hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás.
    Diez minutos más tarde, la abuela aparecía con baldes de agua y escobas para lavar y barrer el porche. Se trajeron otras sillas.
    — Es siempre agradable sentarse a la tarde -dijo el abuelo-, antes que los mosquitos empiecen a picar.
    Alrededor de las siete, si uno se asomaba a la ventana del comedor y escuchaba, podía oír un ruido de sillas que se apartaban de las mesas, y a alguien que tocaba un piano de dentadura amarilla. Se encendían fósforos; y los primeros platos burbujeaban en la espuma, y se alineaban en los estantes. En algún sitio, débilmente, tocaba un fonógrafo.
    Y luego, a medida que avanzaba la noche, casa tras casa, en las calles crepusculares, bajo los robles y los olmos inmensos, en los porches sombríos; aparecía poco a poco la gente, como esas figuras de los barómetros.
    El tío Bert, quizá el abuelo, luego el padre, y algunos de los primos. Los hombres saldrían primero a la noche de melaza, echando humo, dejando atrás las voces de las mujeres, que en las tibias cocinas ordenaban otra vez el universo. Luego las primeras voces de los hombres, y los niños en los gastados escalones o las barandas de madera desde donde en algún momento algo caería, un niño o una maceta de geranios.
    Al fin, como fantasmas que habían esperado un momento detrás de las puertas de alambre, aparecerían la madre, la abuela, la bisabuela, y los hombres se moverían y ofrecerían sus asientos. Las mujeres traerían abanicos, periódicos doblados, hojas de bambú, pañuelos perfumados, y mientras hablaban moverían el aire sobre las caras.
    Nadie recordaba al otro día de qué habían hablado. A nadie le importaba mucho. Sólo importaba que los sonidos iban y venían sobre los helechos delicados que bordeaban el porche; sólo importaba que la oscuridad era como un agua negra vertida sobre las casas, y que los cigarrillos brillaban, y las conversaciones seguían y seguían. La charla de las mujeres se alzaba perturbando los primeros mosquitos, que bailaban frenéticamente en el aire. Las voces de los hombres se metían entre las viejas maderas de las casas. Si uno cerraba los ojos y apoyaba la cabeza contra el piso, podía oír esas voces como un terremoto distante, incesante.
    Douglas se tendió de espaldas en las secas planchas del porche. Las voces, que parecían eternas, lo alegraban y tranquilizaban. Eran voces que fluían sobre él en una corriente de murmullos, y le rozaban los párpados, y le entraban en los oídos somnolientos, continuamente. Las mecedoras chirriaban como grillos, los grillos chirriaban como mecedoras, y en el mohoso tonel de agua de lluvia nacía otra generación de mosquitos que serviría de tema de conversación en futuros e innumerables veranos.
    Sentarse en el porche en las noches de verano era algo tan agradable, tan fácil, tan tranquilizador, que parecía imprescindible. Una sucesión de ritos exactos y antiguos: el encendido de las pipas, las pálidas manos que movían agujas de tejer en la oscuridad; la consumición de los bizcochos Eskimo, envueltos en papel plateado; el ir y venir de las gentes. Durante algún tiempo, en las primeras horas de la noche, todos hacían visitas; los vecinos de abajo, las gentes de enfrente, la señorita Fern y la señorita Roberta que pasaban zumbando en su auto eléctrico, y llevaban de paseo a Tom o Douglas alrededor de la manzana, y luego subían a sentarse y abanicarse las acaloradas mejillas, o el señor Jones, el trapero, que luego de dejar su carro y su caballo en el callejón, subía los escalones listo para estallar en palabras, animado, como si nadie hubiese dicho nunca lo que él decía, y de algún modo así era. Y por último, los niños, que habían jugado a hurtadillas un último escondite, o pateado una lata, jadeando, encendidos, volvían débiles y silenciosos como bumerangs a la hierba blanda, y se hundían junto a la charla charla charla del porche que los aplastaba suavemente...
    Oh, la alegría de tenderse en la noche de helechos y la noche de hierbas y la noche de voces susurrantes y somnolientas que tejían la oscuridad. Los mayores habían olvidado que Douglas estaba allí, tan quieto, tan callado, oyendo los planes que elaboraban para él y sus propios destinos... Y las voces cantaban, erraban, en nubes de humo de cigarrillo iluminadas por la luna, mientras las luciérnagas, como tardías y animadas flores de manzano, golpeaban débilmente las luces lejanas de la calle, y las voces entraban en los años del futuro...

    ***

    — Esa es la dificultad con su generación -dijo el abuelo-. Bill, usted me avergüenza, usted, un periodista. Todas las cosas que pueden saborearse en la vida, ustedes las anulan. Ahorre tiempo, ahorre trabajo, dicen. -Pateó los almácigos irrespetuosamente.- Bill, cuando tenga usted mis años, descubrirá que las cosas pequeñas, las alegrías pequeñas, cuentan más que las grandes. Un paseo en una mañana de primavera es preferible a un viaje de cien kilómetros en un coche que corre a los saltos. ¿Sabe por qué? Porque en el paseo hay aromas, cosas que crecen. Hay tiempo de buscar y encontrar. Ya sé. Ustedes buscan ahora lo grande, y quizá tengan razón. Pero como hombre que trabaja en un periódico debería fijarse usted en las uvas tanto como en los melones. Usted admira los esqueletos, y yo las huellas digitales. Muchas cosas lo aburren a usted, y yo me pregunto si no se debe a que nunca aprendió a usarlas. Si de ustedes dependiera, emitirían una ley que aboliría todas las tareas menudas, las cosas menudas. Se quedarían sólo con las grandes cosas, y tendrían entonces que pasarse las horas ideando algo que hacer para no volverse locos. ¿Por qué no aprenden de la naturaleza? Cortar el césped y arrancar zarzas puede ser un modo de vida, hijo.
    Bill Forrester lo miraba sonriendo.
    — Ya sé -dijo el abuelo-. Hablo demasiado.
    — Lo oigo con gusto.
    — La conferencia continúa, entonces. Un matorral de lilas es mejor que una orquídea. Y los dientes de león y la hierba común son todavía mejores. ¿Por qué? Porque lo doblan a usted, y lo alejan de toda la gente y el pueblo por un rato, y lo hacen sudar, y le recuerdan que tiene nariz. Y cuando usted se dedica realmente a eso, es usted mismo un rato. Usted empieza a pensar. La jardinería es la excusa más a mano para ser un filósofo. Nadie sospecha, nadie acusa, nadie sabe, pero ahí está usted, Platón entre las peonias. Sócrates cultivando su propia cicuta. Un hombre que lleva un saco de abono por el campo es como Atlas con el mundo al hombro. Como dijo una vez el caballero Samuel Spaulding: "Cava en la tierra, cava en el alma." Haga girar esas hojas de la cortadora, Bill, y paséese bajo el rocío de la fuente de la juventud. Fin de la conferencia. Además, es bueno comer de cuando en cuando unos dientes de león.
    Ray Bradbury. El viento del estío. Traducción de Francisco Abelenda. Ediciones Minotauro.

    ha scritto il 

  • 4

    Struggente

    Il ricordo dell'estate del 1928 in u a cittadina USA di provincia diventa il racconto struggente, dolcissimo e malinconico di quel momento in cui tutto può ancora accadere, quando sembra che l'estate ...continua

    Il ricordo dell'estate del 1928 in u a cittadina USA di provincia diventa il racconto struggente, dolcissimo e malinconico di quel momento in cui tutto può ancora accadere, quando sembra che l'estate della vita non finisca mai
    Giovani che non vogliono perdere un minuto di presente e vecchi che diventano macchine del tempo.
    Raramente ho letto un romanzo capace di descrivere in maniera così precisa la gli struggenti e terribili riti di un estate a cavallo tra infanzia adolescenza.

    ha scritto il 

  • 3

    Tutta la magia dell'estate e dei suoi riti attraverso gli occhi di un ragazzino: Bradbury riesce a cogliere perfettamente le emozioni provate a quell'età ed è impossibile non ritrovarsi almeno un po', ...continua

    Tutta la magia dell'estate e dei suoi riti attraverso gli occhi di un ragazzino: Bradbury riesce a cogliere perfettamente le emozioni provate a quell'età ed è impossibile non ritrovarsi almeno un po', ricordando quando alla fine della scuola l'immensa vastità dell'estate ti si apriva davanti.
    L'incanto è in parte rovinato dal tono eccessivamente "mieloso" e da qualche stereotipo di troppo, peccato.

    ha scritto il 

  • 5

    L'estate è un periodo dell'anno in cui una serie di riti e avvenimenti consueti si susseguono. Bradbury ci racconta quella del 1928 in un paesino dell'Illinois, e per farlo ritorna un ragazzino: condi ...continua

    L'estate è un periodo dell'anno in cui una serie di riti e avvenimenti consueti si susseguono. Bradbury ci racconta quella del 1928 in un paesino dell'Illinois, e per farlo ritorna un ragazzino: condivideremo con lui lo stupore di nuove scoperte, sempre assetati di nuove avventure e constateremo che sono tanti gli eventi memorabili - tra amicizie che si interrompono e altre che si saldano, partenze e decessi - ma che a fine estate il tempo si porterà via immancabilmente, lasciandoci il ricordo di ciò che abbiamo vissuto.

    ha scritto il 

  • 5

    Un classico, purtroppo sconosciuto.

    Premessa uno: Ray Bradbury è probabilmente il mio scrittore preferito. Si lo so, il mio pantheon di scrittori è abbastanza numeroso, ma credo che Bradbury sia proprio lo Zeus del mio personale Olimpo. ...continua

    Premessa uno: Ray Bradbury è probabilmente il mio scrittore preferito. Si lo so, il mio pantheon di scrittori è abbastanza numeroso, ma credo che Bradbury sia proprio lo Zeus del mio personale Olimpo. Ogni volta che leggo qualcosa di suo l'unica cosa che riesco a pensare è "ti voglio bene Ray Bradbury", e questa cosa non posso proprio ignorarla.
    Premessa due: reperire questo libro in edizione cartacea è impossibile (è fuori catalogo e non viene ristampato da EONI), ho dovuto ripiegare quindi su una versione elettronica dalla pessima impaginazione. Comunque si, l’ho letto sull’e-book reader e so che Bradbury non sarebbe stato d’accordo, ma volevo leggerlo a tutti i costi e ricorda che ti voglio bene, Ray. Perdonami.

    Quando si è bambini le estati sono lunghissime, piene di colori e profumi e sapori e cose meravigliose da fare.
    Quando si è bambini il cielo è infinito, gli alberi maestosi, le ombre scurissime e la vita così bella e piena di magia che ogni giornata estiva sembra durare quanto una vita intera.
    Questa è la trama, l’essenza della storia.
    Leggere questo libro è stata un’esperienza bellissima, è stato come rivivere le estati della mia infanzia che sebbene sia “targata” anni ’80 è stata praticamente uguale a quella di Douglas Spaulding, il protagonista, nel 1928.
    Sarò forse di parte, ma credo che “L’estate incantata” sia uno di quei libri che andrebbero proposti come letture nelle scuole, accanto ai classici capolavori per l’infanzia. E se così non fosse, comunque mio figlio lo leggerà.

    ha scritto il 

  • 4

    Non un romanzo, ma una collezione di piccole storie o semplici quadretti di vita dell'estate 1928 a Green Town, Illinois, cucite tra loro e raccontate con la consueta poesia e magia di Bradbury, spess ...continua

    Non un romanzo, ma una collezione di piccole storie o semplici quadretti di vita dell'estate 1928 a Green Town, Illinois, cucite tra loro e raccontate con la consueta poesia e magia di Bradbury, spesso viste attraverso gli occhi di due ragazzini.

    Malgrado sia inserito nella collana "L'ABC della fantascienza" (dove ABC sta per "Asimov, Bradbury e Clarke"), non è assolutamente un'opera di fantascienza, e nemmeno di fantasy. Mi chiedo con quale coraggio (o quale livello di ignoranza del suo contenuto) sia stato inserito nella collana. Per di più, le tre pagine di presentazione iniziale, che dovrebbero introdurre l'opera, sono invece l'introduzione a "Cronache marziane"! Un bel pasticcio redazionale... Hanno anche sbagliato a scrivere il titolo originale: "Dandelion Wine" ("Vino di dente di leone") qui diventa "Dandetion Wine".

    ha scritto il 

  • 3

    Un verano único

    Es una obra peculiar: una simbiosis entre el libro de relatos y la novela. El lenguaje está lleno de metáforas, fantasía y carácter onírico por momentos. En un estilo lírico, sobresalen las referencia ...continua

    Es una obra peculiar: una simbiosis entre el libro de relatos y la novela. El lenguaje está lleno de metáforas, fantasía y carácter onírico por momentos. En un estilo lírico, sobresalen las referencias sensitivas con detalladas descripciones olfativas, visuales o de sabores; siendo el marco de las sensaciones la propia Naturaleza. Una narración poética concentrada en varias partes por toda la novela.
    En un verano hay cabida para una multitud de descubrimientos, buenos y malos, aprendizajes (sobre uno mismo y los demás, sentimientos, experiencias vitales…), deseos y recuerdos, que se sitúan entre la realidad y la ilusión. En un principio los protagonistas son niños, pero, poco a poco, se van sumando en esta amalgama de “cuentos” las vivencias de los adultos, en especial los ancianos del lugar. Unas historias sobre la imaginación de la vida sencilla, la fugacidad del tiempo, las añoranzas, el impulso de vivir el presente con intensidad, y como trasfondo de todo está el eterno binomio vida-muerte. Relatos (o fragmentos narrativos) que son variables en calidad y atención, pero que de una forma global se puede considera una lectura recomendable, con momentos amenos y agradables.

    De los tres libros que he leído de este autor (“El árbol de las brujas” y “La feria de las tinieblas”) con características comunes: fantasía, aventuras y niños como protagonistas, “El vino del estío” es, según mi criterio, el mejor del trío.

    Mi nota: 6.

    ha scritto il 

  • 4

    Il vino del dente di leone

    Ci vogliono almeno due premesse: la prima riguarda il fatto che i libri migliori scompaiono nelle nebbie del tempo recente, nessuno li ristampa più, nessuno li vende più. Perciò questa è la descrizion ...continua

    Ci vogliono almeno due premesse: la prima riguarda il fatto che i libri migliori scompaiono nelle nebbie del tempo recente, nessuno li ristampa più, nessuno li vende più. Perciò questa è la descrizione di un libro che non si trova (quasi); la seconda premessa riguarda il fatto che per Bradbury ho un debole, sia come scrittore di fantascienza (sono belli persino i titoli tradotti in italiano) sia come scrittore e basta. Se poi qualcuno vuole provare con “Lo zen e l’arte della scrittura”, scoprirà anche una persona interessante e intensa.
    La seconda premessa per dire che sono più disposta a essere indulgente con lui piuttosto che con altri. Anche se penso che, in questo caso, l’indulgenza non sia necessaria.
    “L’estate incantata” è davvero pieno di incanto. In certa misura, di magia. La magia del vino di dente di leone, quello del titolo originale (“Dandelion wine”), che permette di imbottigliare, uno alla volta, i giorni di un’estate che si potrà richiamare indietro con un sorso, quando sarà freddo e grigio.
    La magia delle parole che, anche nella traduzione, riescono ad avvilupparti dentro l’estate di Douglas Spaulding, di suo fratello Tom, e di tutte le persone che girano intorno a loro e nelle strade a fianco, per tutta la cittadina di Green Town e anche appena un poco oltre. Ci sono descrizioni delicate, paragoni buffi e intelligenti, momenti di fiato in gola e paura che sfiorano Stephen King (prima che ti venga in mente che il secondo è stato allievo del primo), attimi di poesia e lirismo e subito dopo le urla e le risate di Douglas di fronte all’estate che arriva.
    Sì, è un romanzo di formazione; chi non ama il genere potrebbe persino essere ingannato e tralasciarlo. Perderebbe molto: per esempio tutte le storie che si intrecciano e si incontrano sotto gli occhi o alla portata delle orecchie di Douglas, che spesso è semplicemente un comprimario o uno strumento per rendere partecipe il lettore di ciò che accade, è accaduto o potrebbe accadere. Perderebbe il mondo visto con gli occhi di una manciata di ragazzini o di vecchi, molti vecchi così pieni della loro vita da saperla (e volerla) abbandonare senza nessun rimpianto; perderebbe soprattutto una serie infinita di sapori e odori e caldo e freddo che arrivano addosso a chi legge da ogni parte delle pagine; e poi le riflessioni di piccoli e di grandi sulla vita, l’universo e tutto quanto [cit.], la consapevolezza che una moglie felice non è “magra come diventano le diciassettenni se nessuno le ama o grassa come diventano le cinquantenni se nessuno le ama, ma proprio giusta, tonda e soda come lo sono le donne a qualunque età se non dubitano di essere amate”.
    Da evitare se pensate che in un romanzo così frammentario non ci debba essere molta dolcezza accanto a un po’ di paura.

    ha scritto il 

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