La notte

Di

Editore: Giuntina (Schulim Vogelmann, 1)

4.3
(1714)

Lingua: Italiano | Numero di pagine: 112 | Formato: Paperback | In altre lingue: (altre lingue) Inglese , Chi tradizionale , Francese , Chi semplificata , Tedesco , Spagnolo

Isbn-10: 888594311X | Isbn-13: 9788885943117 | Data di pubblicazione: 

Traduttore: Daniel Vogelmann ; Contributi: François Mauriac

Disponibile anche come: Altri , Tascabile economico

Genere: Biografia , Narrativa & Letteratura , Storia

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Descrizione del libro
Ciò che affermo è che questa testimonianza, che viene dopo tante altre e che descrive un abominio del quale potremmo credere che nulla ci è ormai sconosciuto, è tuttavia differente, singolare, unica. (...) Il ragazzo che ci racconta qui la sua storia era un eletto di Dio. Non viveva dal risveglio della sua coscienza che per Dio, nutrito di Talmud, desideroso di essere iniziato alla Cabala, consacrato all'Eterno. Abbiamo mai pensato a questa conseguenza di un orrore meno visibile, meno impressionante di altri abomini, ma tuttavia la peggiore di tutte per noi che possediamo la fede: la morte di Dio in quell'anima di bambino che scopre tutto a un tratto il male assoluto? (dalla Prefazione di F. Mauriac)
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  • 4

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2017/01/la-noche-elie-wiesel.html

    En un momento de La noche, Wiesel escribe, Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo que hizo de ...continua

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2017/01/la-noche-elie-wiesel.html

    En un momento de La noche, Wiesel escribe, Jamás olvidaré esa noche, esa primera noche en el campo que hizo de mi vida una sola larga noche bajo siete vueltas de llave. Jamás olvidaré esa humareda. Jamás olvidaré las caritas de los chicos que vi convertirse en volutas bajo un mudo azur. Jamás olvidaré esas llamas que consumieron para siempre mi Fe. Jamás olvidaré ese silencio nocturno que me quitó para siempre las ganas de vivir. Jamás olvidaré esos instantes que asesinaron a mi Dios y a mi alma, y a mis sueños que adquirieron el rostro del desierto. Jamás lo olvidaré, aunque me condenaran a vivir tanto como Dios. Jamás. Son las palabras de Wiesel diez años después de su paso por Auschwitz (y por Buna y por Buchenwald), su ejercicio de memoria y su lucha contra el olvido, su confesión que habla de pérdida, supervivencia, lucha, asombro y ausencias, su personal representación del infierno, directa, austera, las fosas, los campos y el fuego que desterraron de Wiesel su primera y esperanzada idea de Dios y del alma humana.

    El inicio de La noche parece un cuento. Una pequeña comunidad judía en la Rumanía húngara, un tiempo donde la guerra se desarrolla a cientos de kilómetros y sólo llega su rumor apagado, un vagabundo querido por los vecinos que inicia al muchacho Wiesel en el estudio de la Cábala y en la forma de acercarse a su Dios, a unir pregunta y respuesta en un punto inseparable. Pero el cuento se trunca, el vagabundo, judío extranjero, es deportado, y regresa tras haber huido para advertir a la comunidad judía sobre lo que está por llegar, las fosas comunes en los bosques. Nadie cree en sus palabras que hablan de monstruos y muerte, y el pueblo vive dos años de prórroga, las noticias que llegan a través de la radio, las derrotas de Alemania, la sensación de estar cerca de un final, la huida y ponerse a salvo algo impensable. Hasta que sube el partido fascista al poder y deja entrar al ejército alemán en tierra húngara. Así comienza La noche, algo amenazante que se cierne sobre una plácida comunidad y la esperanza de que los primeros pasos de la pesadilla, la estrella amarilla, el gueto, los trenes, no sean más que un tiempo difícil y pasajero.

    Los deportados fueron olvidados rápidamente. Algunos días después de su partida se decía que estaban en Galitzia trabajando y hasta que estaban satisfechos de su suerte.
    Pasaron los días. Las semanas, los meses. La vida había vuelto a ser normal. Un aire suave y tranquilizador soplaba en todas las casas. Los comerciantes hacían buenos negocios, los estudiantes vivían en medio de sus libros y los niños jugaban en la calle.

    Un día, cuando iba a entrar en la sinagoga, divisé, sentado en un banco, próximo a la puerta, a Moshé-Shames.
    Relató su historia y la de sus compañeros. El tren de los deportados había atravesado la frontera húngara y, en territorio polaco, la Gestapo se había hecho cargo de él. Detenido allí, los judíos tuvieron que descender y subir a unos camiones. Los camiones se dirigieron a un bosque. Se les hizo bajar. Se les hizo cavar amplias fosas. Cuando terminaron su tarea, los hombres de la Gestapo comenzaron la suya. Sin pasión, sin apresurarse, abatieron a sus prisioneros. Cada uno de ellos debía acercarse al foso y presentar la nuca. Los bebés eran lanzados al aire y las ametralladoras los tomaban como blanco. Fue en el bosque de Galitzia, cerca de Kolomaie. ¿Cómo había logrado salvarse él, Moshé-Shames? Por milagro. Herido en una pierna, lo creyeron muerto…
    Durante muchos días y noches, iba de una casa judía a otra y relataba la historia de Malka, la joven que agonizó durante tres días, y la de Tobías, el sastre, que imploraba que lo mataran antes que a sus hijos…
    Moshé había cambiado. Sus ojos ya no reflejaban alegría. Ya no cantaba. Tampoco hablaba ya de Dios o de la Cábala sino solo de lo que había visto. La gente no solo se negaba a dar crédito a sus historias sino aun a escucharlo.
    —Trata de que nos compadezcamos de su suerte. Qué imaginación…
    O bien:
    —El pobre se ha vuelto loco.
    Y él lloraba:
    —Judíos, escúchenme. Es lo único que les pido. Ni dinero ni compasión. Pero escúchenme —gritaba en la sinagoga, entre la oración del crepúsculo y la de la noche.
    Yo mismo tampoco le creía. A menudo me sentaba en su compañía, después del oficio de la noche y escuchaba sus historias, tratando de comprender su tristeza. Solo sentía compasión por él.
    —Me toman por loco —murmuraba, y las lágrimas, como gotas de cera, resbalaban de sus ojos.
    Una vez le hice la pregunta:
    —¿Por qué estás tan empeñado en que crean lo que dices? En tu lugar, me seria indiferente que me crean o no…
    Cerró los ojos como para huir del tiempo:
    —No comprendes —contestó con desesperación—. No puedes comprender. Me he salvado por milagro. Logré volver hasta aquí. ¿De dónde provino esta fuerza? Quise volver a Sighet para relatarles mi muerte. Para que ustedes puedan prepararse mientras aún es tiempo. ¿Vivir? Ya no tengo apego a la vida. Estoy solo. Pero quise volver a advertirles. Y nadie me escucha…

    Wiesel se niega a olvidar. En apenas ciento treinta páginas describe el infierno. La aparición de los alemanes, la negativa de los judíos a huir mientras pueden, a creer los rumores de la barbarie nazi, el traslado en tren donde empiezan los primeros horrores, la locura de una mujer que habla de llamas durante el viaje y que, al final, se materializan en las chimeneas de Auschwitz, la separación de familias, las imágenes de hogueras donde quemar niños, la selección, los trabajos en fábricas, Wiesel y su padre apartados de la madre y las hermanas, el inicio de una odisea que sacará lo mejor y lo peor de sí mismos, el padre que lucha por no perder al hijo y Wiesel que abandona su fe primera y se interroga sobre la ausencia de Dios y lucha a su vez por no desentenderse de su padre.

    He leído la trilogía de Auschwitz de Primo Levi, los libros de Millu, Rajchman o Kertész sobre los campos de exterminio, sus testimonios que van más allá de la literatura y se convierten en imprescindibles, la necesidad del testigo de contar aquello por lo que pasaron, de hablar de la transformación del alma humana, la suya, rota, la de aquellos que fueron sus verdugos, incapaces del mínimo gesto de reconocimiento del otro. Wiesel es duro y certero, escribe sobre los métodos de los nazis, el orden alemán para llevar el control de cada víctima y su destino, la organización de los campos, en especial de la zona gris habitada por otros judíos, kapos que usaban su limitado poder para sobrevivir a costa de los demás, la ruptura con todo aquello que lo definía, la religión y su forma de entender a Dios, describe su vida como víctima, la desnudez primera al entrar en Auschwitz, una desnudez física y emocional. Si en Levi estaba la culpabilidad del superviviente, en Wiesel hay algo parecido en la relación con su padre. Ve alejarse a su madre y hermanas, se despide de ellas, se convierten en ausencia y apenas vuelve a dedicarles unas palabras en La noche, se agarra a la mano del padre para no separarse, un gesto que, con el avance de los días, de los horrores, le costará mantener, su padre sentido como una rémora para la supervivencia (y saberse en un lugar y una emoción extraños).

    Wiesel sobrevive al infierno y nos los cuenta desde dentro.

    Detrás de mí, un anciano se desplomó. Junto a él un SS reenfundaba su revólver.
    Mi mano se crispó sobre el brazo de mi padre. Un solo pensamiento: no perderlo. No quedarme solo.
    Los oficiales SS nos ordenaron:
    —En filas de cinco.
    Un tumulto. Había que permanecer juntos a toda costa.
    —¡Eh, chico! ¿Qué edad tienes?
    Me lo preguntaba un detenido. No podía ver su cara, pero su voz era cálida y cansada.
    —Todavía no cumplí quince.
    —No. Dieciocho.
    —Pero no —respondí—. Quince.
    —Grandísimo idiota. Escucha lo que yo te digo.
    Después preguntó a mi padre, quien respondió:
    —Cincuenta años.
    Más furioso aún, el otro siguió:
    —No, cincuenta no. Cuarenta. ¿Oyen? Dieciocho y cuarenta.
    Desapareció entre las sombras de la noche. Se acercó otro, con la boca llena de insultos:
    —Hijos de perra, ¿por qué han venido? Eh, ¿por qué?
    Alguien se atrevió a responderle:
    —¿Qué se cree? ¿Qué es por nuestro gusto? ¿Qué nosotros pedimos que nos trajeran?
    Poco faltó para que el otro lo matara.
    —¡Cállate, cerdo, o te aplasto aquí mismo! Tendrían que haberse colgado allí donde estaban en lugar de venir aquí. ¿No sabían lo que se prepara aquí, en Auschwitz? ¿No lo sabían? ¿En 1944?
    Sí, nosotros lo ignorábamos. Nadie nos lo había dicho. Él no podía dar crédito a sus oídos. Su voz se volvió más y más brutal:
    —¿Ven aquella chimenea, allá? ¿La ven? ¿Ven las llamas? (Sí, veíamos las llamas). Allá, allá los llevarán. Esa es su tumba. ¿Todavía no han comprendido? ¡Perros! ¿Ustedes no comprenden nada entonces? ¡Los van a incinerar! ¡Los van a calcinar! ¡Los van a reducir a cenizas!
    Su furor se volvió histérico. Nosotros nos quedamos inmóviles, petrificados. ¿Todo eso no era una pesadilla? ¿Una pesadilla inimaginable?
    Aquí y allá oí murmurar:
    —Hay que hacer algo. No tenemos que dejarnos matar, ir como ganado al matadero. Tenemos que rebelarnos.
    Entre nosotros había algunos muchachos fuertes. Llevaban puñales consigo e incitaban a sus compañeros a arrojarse sobre los guardias armados. Un joven decía:
    —Que el mundo conozca la existencia de Auschwitz. Que la conozcan todos los que todavía pueden salvarse de venir aquí.
    Pero los más viejos imploraban a sus hijos que no hicieran tonterías:
    —No hay que perder la confianza, aunque la espada esté suspendida sobre nuestras cabezas. Así hablaban nuestros Sabios.

    ***

    En otras épocas, mi vida culminaba el día de Año Nuevo. Sabía que mis pecados entristecían al Eterno e imploraba Su perdón. En otras épocas, creía profundamente que de uno solo de mis gestos, que de una sola de mis oraciones, dependía la salvación del mundo.
    Ahora no imploraba ya más. No era capaz de gemir. Al contrario, me sentía muy fuerte. Yo era el acusador. Y el acusado, Dios. Mis ojos se habían abierto y yo estaba solo, terriblemente solo en el mundo, sin Dios, sin hombres. Sin amor ni compasión. No era más que cenizas, pero me sentía más fuerte que ese Todopoderoso al que habían ligado mi vida durante tanto tiempo.
    En medio de esa reunión de orantes, yo era una especie de observador extraño.
    El oficio terminó con el Kadish. Cada uno decía Kadish por sus padres, por sus hijos, por sus hermanos y por sí mismo.
    Permanecimos un largo momento en el recinto de llamada. Nadie osaba romper ese milagro. Después llegó el momento de la puesta del sol y los detenidos volvieron a paso lento a sus blocs. ¡Oí que se deseaban un buen año!
    Fui corriendo en busca de mi padre. Al mismo tiempo temía tener que desearle un feliz año en el cual ya no creía.
    Estaba parado junto al bloc, apoyado contra la pared, encorvado, con los hombros abatidos como si llevara una pesada carga. Me acerqué a él, le tomé la mano y se la besé. Una lágrima cayó sobre ella. ¿Una lágrima de quién? ¿Mía? ¿Suya? No dije nada. El tampoco. Nunca nos habíamos comprendido tan claramente.
    El sonido de la campana nos volvió a la realidad. Había que ir a acostarse. Volvíamos de muy lejos. Agucé la mirada para ver la cara de mi padre, acurrucado abajo, tratando de sorprender una sonrisa o algo parecido en su cara consumida y envejecida. Pero nada. Ni la sombra de una expresión. Vencido.
    Elie Wiesel. La noche. Traducción de Fina Warschaver. Austral.

    ha scritto il 

  • 5

    Ingredienti: la deportazione in un campo di concentramento di un 15enne ingenuo e inconsapevole, la lotta quotidiana e disumana contro fame, botte, fatica e selezioni, l’evacuazione inattesa come ulti ...continua

    Ingredienti: la deportazione in un campo di concentramento di un 15enne ingenuo e inconsapevole, la lotta quotidiana e disumana contro fame, botte, fatica e selezioni, l’evacuazione inattesa come ultima prova di resistenza, una notte dell’uomo come assenza di solidarietà, dignità, libertà e speranza.
    Consigliato: a chi ha bruciato la propria fede davanti agli orrori del mondo, a chi ha amato “Se questo è un uomo”.

    ha scritto il 

  • 5

    Ero uno stomaco affamato

    Gli anni della Storia passano veloci per gli abitanti del piccolo villaggio ungherese di Sighet. L'annessione dei Sudeti, l'Anschluss dell'Austria, la Notte dei Cristalli, l'invasione della Polonia ed ...continua

    Gli anni della Storia passano veloci per gli abitanti del piccolo villaggio ungherese di Sighet. L'annessione dei Sudeti, l'Anschluss dell'Austria, la Notte dei Cristalli, l'invasione della Polonia ed avanti sono solo dicerie, materiale per pettegolezzi, da liquidare con un sorriso ed una risata nella piazza del paese. Tuttavia, come ormai sappiamo, la Storia difficilmente risparmia qualcuno ed alla fine giunge anche a Sighet. Inizialmente, le avvisaglie della catastrofe incombente non sembrano così preoccupanti: < < Una stella gialla? Oh bene, che importa? Non si muore per quella…>> e portano gli Ebrei del luogo, tra cui la famiglia di Eliezer, a non considerare nemmeno alla lontana qualsiasi idea di fuga. Uno dei primi testimoni dell'Olocausto tra i loro conterranei, quando gli Ebrei venivano ancora uccisi a mitragliate, il custode della sinagoga di nome Moshe, viene addirittura passato per folle. Nel 1944, alla fine, anche gli abitanti di Sighet cadono tra le spire della più atroce manifestazione d'odio nella storia dell'umanità, sicuramente per colpa della follia tedesca ma, forse, anche per colpa della loro cecità.

    Il primo paragone a cui ho pensato dopo aver letto questa testimonianza è con "Se questo è un uomo" di Primo Levi. Non c'è dubbio sul fatto che questi testi costituiscano quasi un genere letterario a sé stante, una "letteratura dell'Olocausto", con un insieme di temi ben delineato, che non è certo necessario descrivere. Primo Levi, nel titolo della sua opera, si pone delle domande, nel corso della sua narrazione analizza le vicende che gli sono capitate e si chiede "perché? Come mai? Come è potuto succede?" mentre Wiesel non fa niente di tutto ciò. Leggendo il suo lavoro si può capire come la sua sia stata una testimonianza estremamente dolorosa da scrivere, senza alcuna volontà di capire le motivazioni che hanno portato ad una tragedia del genere. Egli non si vendica sugli uomini, ma su Dio; all'inizio del libro, infatti, il custode Moshe gli insegna che < < L'uomo si eleva a Dio attraverso le domande>> ed allora, questo Dio, lo tempesta di domande ma, ovviamente, Dio non c'è. Dio non ha salvato sua sorella e sua madre, finite nelle camere a gas alla prima selezione, o il bambino impiccato per dare un segnale agli altri prigionieri del campo. Tuttavia, la vera e totale sconfitta di qualsiasi forma di umanità arriva dalla descrizione dei camini dei forni e dell'odore carico di carne bruciata che impregna l'aria e non brucia solo i corpi ma anche la fede stessa nel Dio-che-non-c'è e che consegna un messaggio lapidario nella sua tragicità: < < Non dimenticherò mai queste cose, anche se fossi condannato a vivere quanto Dio stesso. Mai.>>

    Il campo di non concentramento, inoltre, non è solo perdita dei propri familiari e della propria fede e del proprio vigore, è una totale perdita di sé stessi, un annullamento della propria personalità. Si vive per un pezzo di pane, e si muore insensatamente ed inutilmente: < < Pane e zuppa erano tutta la mia vita. Ero un corpo. Forse anche meno: uno stomaco affamato.>> ma questo è un tema comune, ovviamente, nella lettatura dell'Olocausto. Un tassello "diverso" dalle altre testimonianze e che consegna alla storia un ulteriore motivo per guardare con orrore a quegli anni sta nel fatto che, incredibilmente, Wiesel riesce a rimanere accanto al padre per tutta la durata della loro prigionia e si assiste inizialmente ad un inversione del ruolo padre/figlio ed, alla fine, neppure questo legame sociale riesce a salvarsi alla furia distruttiva dell'Olocausto: < < […] Ma nello stesso momento questo pensiero entrò nella mia mente. Non farmelo trovare! Se solo potessi sbarazzarmi di questo peso morto, così da poter usare tutta la mia forza per lottare per la mia sopravvivenza, e preoccuparmi solo di me stesso. Immediatamente provai vergogna di me stesso, vergogna per sempre.>>.

    Per concludere, oltre alle impressioni che ho cercato di descrivere nei paragrafi precedenti, ho imparato una cosa fondamentale dalla lettura di questo testo. Ogni testimonianza sull'Olocausto racconta la stessa storia, ma ognuna di queste storie in realtà è diversa dalle altre, perché ogni essere umano osserva le cose con punti di vista diversi ed ogni punto di vista aggiunge un tassello importante nella comprensione di un avvenimento. Risulta sempre difficile valutare in modo obiettivo una testimonianza del genere, ma forse non ha nemmeno senso provarci. Possiamo solo ringraziare Elie Wiesel, Primo Levi e chiunque altro abbia avuto la forza di affrontare tali ricordi e scrivere di essi.

    ha scritto il 

  • *** Attenzione: di seguito anticipazioni sulla trama (SPOILER) ***

    4

    Una volta di più l'ultima notte.

    "Non era né il tedesco né l'ebreo a regnare nel ghetto: era l'illusione".
    Così Elie Wiesel, racconta la Shoah, il suo lager, illusione crepitante sangue che, di notte in notte, diventa sempre più scur ...continua

    "Non era né il tedesco né l'ebreo a regnare nel ghetto: era l'illusione".
    Così Elie Wiesel, racconta la Shoah, il suo lager, illusione crepitante sangue che, di notte in notte, diventa sempre più scura e profonda.
    Tutto il racconto è scandito dal farsi delle notte: l'ultima notte in casa, mandati al letto presto dalla madre a far provvista di forze o la prima notte nel campo che fece della sua vita "una lunga notte e per sette volte sprangata".
    E così: "l'ultima notte a Buna. Una volta di più l'ultima notte. L'ultima notte a casa, l'ultima notte nel ghetto, l'ultima notte sul treno e, adesso, l'ultima notte a Buna. Per quanto tempo ancora la nostra vita si sarebbe trascinata da un'ultima notte all'altra?"
    Una notte dopo l'altra è una discesa agli inferi, lì dove solo lo stomaco sente il tempo passare, dove non c'è più Kaddish, dove madre e sorella sono morte senza evidenza, mentre tuo padre ti muore accanto (e ne provi una sorta di liberazione) e Juliek suona "quello che non avrebbe mai più suonato". Anche lui prima della notte e prima di morire.
    Senza salvezza, nonostante l'essere scampato alla morte, Wiesel confessa che anche il suo essere sopravvissuto è un peso troppo grande, l'ennesima notte da affrontare. Quale fu il perché, ci fu un perché? Perché lui e non altri, perché? Perché non la morte? Non quella generale, la morte del campo, ma quella singola, solitaria e insostenibile, del condannato alla forca; colui il cui nome e cognome, per dirla con Stirner, ti interroga e ti percuote, Perché e perché no?
    E quando il sonno pesante di mio nipote arriva durante il sonno esausto della marcia fuori Auschwitz; e quando leggevo, al 28 gennaio 2017, che nel libro era il 28 gennaio 1945... sei immediatamente portato a cercare significati...
    Così, non cercate una narrazione esaustiva, non l'analisi, non il resoconto storico, non il decoro poetico. Qui è tutto minimo e reale, ma tutto è dentro questa enorme e cruda metafora della notte che si fa sempre più irreversibile. Anche per noi.

    ha scritto il 

  • 5

    Dov'è dunque Dio? Eccolo lì, appeso a quella forca.

    Dio è il grande colpevole della storia ( o meglio, della Storia) raccontata da Elie Wiesel. È Dio il vero, il solo accusato, mentre l'Autore rivendica per sé il ruolo di accusatore con orgoglio e con ...continua

    Dio è il grande colpevole della storia ( o meglio, della Storia) raccontata da Elie Wiesel. È Dio il vero, il solo accusato, mentre l'Autore rivendica per sé il ruolo di accusatore con orgoglio e con dolore; e, contro un Dio assente e distratto, punta il suo dito di eletto e di fanciullo violato, sopravvissuto ai lager e ormai adulto.
    "Mai dimenticherò quella notte. [...]
    Mai dimenticherò quel fumo.
    Mai dimenticherò i piccoli volti dei bambini di cui avevo visto i corpi trasformati in volute di fumo, sotto un cielo muto.
    Mai dimenticherò quelle fiamme che consumarono per sempre la mia Fede.
    Mai dimenticherò quel silenzio notturno che mi ha tolto per l"eternità il desiderio di vivere.
    Mai dimenticherò quegli istanti che assassinarono il mio Dio e la mia anima, i miei sogni, che presero il volto del deserto."

    Come commentare parole di così grande disperazione? Onorandole, in silenzio.

    ha scritto il 

  • 4

    Eliezer, ragazzo ebreo di Sighet in Transilvania, dal ghetto viene deportato con la sua famiglia a Auschwitz, dove è testimone dell'abominio, vede neonati buttati nei forni crematori, e questo gli fa ...continua

    Eliezer, ragazzo ebreo di Sighet in Transilvania, dal ghetto viene deportato con la sua famiglia a Auschwitz, dove è testimone dell'abominio, vede neonati buttati nei forni crematori, e questo gli fa perdere la fede in Dio. La dura vita nel campo, il lavoro disumano, la lotta per un pezzo di pane distruggono tra i deportati la solidarietà e anche gli affetti più cari. Infine il trasferimento a Buchenwald sotto l'incalzare dell'armata russa e la liberazione, ma quando il protagonista si guarda allo specchio per la prima volta, dopo aver lasciato il ghetto, vede un cadavere il cui sguardo non lo lascerà più. Racconto lungo autobiografico commosso e teso, capace di esprimere l'esperienza del male estremo.

    ha scritto il 

  • 4

    Ogni libro che tratti di quella grande tragedia che è stato l'olocausto vale la pena di esser letto.
    Wiesel narra, in questo libro, la sua dolorosa esperienza di deportato e il suo primo contatto con ...continua

    Ogni libro che tratti di quella grande tragedia che è stato l'olocausto vale la pena di esser letto.
    Wiesel narra, in questo libro, la sua dolorosa esperienza di deportato e il suo primo contatto con il male e anche di come esso abbia influenzato la sua crescita e il suo rapporto con la famiglia (con il padre, in particolar modo).
    Le pagine sono toccanti, tristi e delicate nello stesso tempo.
    Wiesel non indugia su particolari terribili e, nonostante il tema trattato, la sua scrittura è lieve e non esente da immagini poetiche e liriche.
    Questo è un romanzo sul male assoluto, sulla cattiveria umana, sulla disperazione che ti fa arrivare alla negazione di Dio o di qualsiasi altro tipo di giustizia divina.
    Ed è un romanzo che sul male porta a riflettere: ogni volta che giudichiamo qualcuno negativamente per il suo orientamento religioso, sessuale, politico, ecc. alimentiamo il male. Ogni volta che formuliamo un pensiero di odio ingiustificato ci mettiamo dalla parte del male.
    Ve lo consiglio caldamente, non solo per la valenza storica ma anche perché è uno di quei romanzi che fa riflettere e porta a guardare il mondo da un'altra prospettiva.

    ha scritto il 

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