Ciertamente el tema del amor es una constante de la creación poética de todas las civilizaciones y todos los tiempos; sin embargo, el poema amoroso, al ser eco y refistro de relaciones afectivas culturalmente determinadas, es también un espejo que se empaña y se bruñe a medida que las normas moralesContinue
Ciertamente el tema del amor es una constante de la creación poética de todas las civilizaciones y todos los tiempos; sin embargo, el poema amoroso, al ser eco y refistro de relaciones afectivas culturalmente determinadas, es también un espejo que se empaña y se bruñe a medida que las normas morales y las conveniencias sociales modelan el estilo y la significación de las pasiones y emociones. Como indica LEOPOLDO DE LUIS — antólogo y prologuista de este volumen — los modelos clásicos en que sucesivamente se fue inspirando MIGUEL HERNANDEZ (desde San Juan de la Cruz a Garcilaso) necesariamente adquieren una nueva dimensión y sentido al servir de cauce a los sentimientos y a la sensibilidad del escritor, cuya inconfundible voz crea una realidad autónoma e inédita con la materia verbal recibida del pasado; así, los POEMAS DE AMOR hernandianos van enriqueciéndose paulatinamente con elementos específicos y símbolos e imágenes originales (exaltación de lo fecundo, gusto por la naturaleza, sentido trágico, identidad de la vida, el amor y la muerte, intuición de un destino inexorable, metáforas del toro, el cuchillo y la sangre, etc.) que los individualizan y les confieren un sello propio e inconfundible. "En su canto late la fuerza cósmica del amor, del ímpetu de un viento telúrico que ciegamente arrastra a los amantes, la consagración del amor carnal, el poder genesíaco, la continuación instintiva de la especie que, de pronto, a ramalazos, se hace lúcida, y, al fondo, el destino trágico y doloroso del existir, como un agua subterránea, oculta bajo el entusiasmo y el brío". Porque en última instancia la pasión de enamorado de Miguel Hernández se inscribe dentro de una concepción global del amor que abarca a la naturaleza, a las cosas y —sobre todo— a ese pueblo cuyos azares compartió hasta el momento mismo de su muerte.