The Night Trilogy

Night, Dawn, Day

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Publisher: Hill and Wang

4.1
(9)

Language: English | Number of Pages: 352 | Format: Paperback | In other languages: (other languages) Spanish

Isbn-10: 0809073641 | Isbn-13: 9780809073641 | Publish date: 

Also available as: Hardcover

Category: Biography , History , Non-fiction

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Book Description
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  • 4

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2017/02/notas-sobre-el-alba-elie-wiesel.html

    Fuera de la habitación, el crepúsculo y los sonidos cotidianos, los niños y perros que lloran o aúll ...continue

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2017/02/notas-sobre-el-alba-elie-wiesel.html

    Fuera de la habitación, el crepúsculo y los sonidos cotidianos, los niños y perros que lloran o aúllan. Dentro de la habitación, un joven, apenas un muchacho, un superviviente de los campos de concentración, alguien que ha dejado atrás muertos y recuerdos y pasa, en tierra palestina, de víctima a verdugo. El muchacho lucha contra el mandato inglés en Palestina y por una patria judía. Ha entrado en combate, algunas escaramuzas contra un enemigo lejano y casi invisible. Pero con la llegada del amanecer tendrá que ejecutar a un oficial inglés como respuesta a una ejecución de un compañero de armas. Mañana mataré a un hombre, dice, y el significado de ese hecho se apoderará de él durante las horas previas al amanecer.

    No, no era fácil convertirse en Dios; sobre todo cuando había que vestirse, para ello, con un uniforme gris oscuro, un uniforme de SS.
    Pero, de todos modos, era más fácil que ejecutar a un rehén.
    Durante la primera operación —y las que le siguieron— yo no estaba solo. Es verdad que había matado, pero en grupo. Nunca solo. Con John Dawson, sería distinto. Miraría su cara y él vería la mía, y se daría cuenta de que yo tenía ojos por todas partes.
    —No te atormentes, Elisha —dijo Gad, que me observaba desde hacía un rato, después de haber cerrado la radio—. Es la guerra.
    Hubiera querido preguntarle si Dios, el dios de la guerra, llevaba uniforme también. Pero preferí callar. Pensé: «Dios no lleva uniforme. Dios es más bien un combatiente de la Resistencia. Dios es un terrorista».

    ***

    Si en La noche Wiesel describía el horror puro y cruel, en El alba, segunda parte de la Trilogía de la noche, se habla de la espera, la condición extrema de víctima y verdugo, los muertos que llevamos dentro, aquellos que vimos morir delante de nosotros y conformaron nuestro ser y asisten como testigos desde el otro lado al rumbo de los nuevos tiempos. El alba transcurre en una habitación durante una noche y el muchacho, un Wiesel de ficción, se ve rodeado por los fantasmas de quienes le precedieron y por el niño que fue y se pregunta por ese nuevo lugar que ocupa, el de verdugo.

    De nuevo tuve que abrirme paso entre la multitud de sombras y de miradas y, exhausto, jadeante, llegué ante el niñito.
    —Dime —le imploré—. Dime: ¿qué haces aquí? ¿Y los otros? ¿Todos los demás?
    El niñito abrió asombrado los ojos.
    —¿No lo sabes? —preguntó.
    Le respondí que no. Que no lo sabía.
    —Un hombre va a morir mañana, ¿no es cierto? —interrogó.
    Le confirmé que, en efecto, un hombre iba a morir al amanecer.
    —Y tú lo ejecutarás, ¿no es cierto? —prosiguió.
    —Sí, es verdad. Yo soy el encargado de la ejecución.
    —¿Y no comprendes? —se asombró el niñito.
    No. No comprendía.
    —Pero es muy simple sin embargo. Hemos venido para asistir a la ejecución. Queremos verte en la tarea. Queremos verte transformado en verdugo. Es lógico, ¿no es cierto?
    —¿Por qué es lógico? ¿En qué les afecta la ejecución de John Dawson?
    —Tú eres la suma de lo que éramos nosotros —me explicó el niñito que se parecía al que yo había sido antes—. Somos, pues, un poco nosotros quienes ejecutaremos a John Dawson mañana al amanecer. No puedes hacerlo sin nosotros. ¿Comprendes ahora?
    Comenzaba a comprender. Un acto absoluto, como el de dar la muerte, compromete no solo al propio ser sino a todos aquellos que participaron en su formación. Al matar a un hombre, también a ellos los convertía en asesinos.
    —Entonces —repitió el niñito—. ¿Comprendes?
    —Comprendo —respondí.
    —¡Pobre pequeño, pobre pequeño! —murmuró mi madre, cuyos labios ahora estaban más amarillos que la barba de mi viejo maestro.

    ***

    El alba es un canto fúnebre, es el encuentro entre quienes fuimos y quienes somos, entre muertos y vivos, entre la víctima y el verdugo. Se aproxima la luz del día y el muchacho se acerca a su víctima y hablan de los motivos de su encuentro, la víctima, un oficial culto, que compadece al verdugo, el paso que va a dar, el muchacho que odia al inglés porque siente que lo ha colocado en una posición de verdugo que no quiere. El muchacho dividido entre lo aprendido entre quienes le amaban y lo vivido en los campos nazis y la lucha por construir un país, una resistencia judía que decide no volver a estarse quieta y humillada y llega a un estado de guerra contra un gobierno extranjero. Y el silencio de dios.

    ***

    Hay una sencillez en las páginas de El alba que se mezcla con la tensión de la espera y un destino trágico, las preguntas sobre la violencia y la supervivencia, las horas que avanzan con lentitud hacia una ejecución y un cambio en la percepción del mundo, el papel de dios, que ya se transformó en La noche, de sustento y presencia a ausencia y silencio, Wiesel pasa de los campos donde dios, o la idea de dios, era imposible, al instante tras la guerra donde hombres y mujeres judíos intentan volver a una tierra que sienten suya y formar un país propio. Hay un mundo alegórico en El alba, el rostro de la muerte y la cara con docenas de ojos en quienes la representan, el paso de la oscuridad a la claridad (y siempre la penumbra que hay en ellas), los muertos que hablan con los vivos y enmudecen ante sus acciones. El muchacho ha salido de un campo de concentración y se dirige hacia una luz inhóspita.

    —Venga a casa —dije al mendigo—. Allí tendrá comida y una cama para dormir.
    —No duermo nunca —respondió el mendigo.
    Ahora estaba seguro de que no era un mendigo…
    Le dije que tenía que volver a mi casa y se ofreció a acompañarme un trecho del camino. Mientras caminábamos por las callejuelas cubiertas de nieve, me preguntó si le tenía miedo a la oscuridad.
    —Sí —le contesté—, le tengo miedo a la oscuridad. Hubiera querido agregar que también le tenía miedo a él, pero estaba seguro de que lo sabía.
    —No hay que tenerle miedo a la oscuridad —me advirtió mientras me tomaba del brazo (lo que me hizo estremecer)—. La noche es más clara que el día. Se piensa mejor, se ama mejor, se sueña mejor de noche. De noche todo se vuelve más intenso, más verdadero. Una frase pronunciada de día adquiere un sentido diferente, más profundo, de mayores alcances, cuando su eco nos llega de noche. La tragedia de los hombres es que no saben cuándo es de noche y cuándo es de día. Dicen de noche las cosas que deberían decir de día.
    Al llegar a la puerta de nuestra casa, se detuvo. Le pregunté si no quería entrar. No, no quería. Tenía que irse. Pensé: «Va a volver a la sinagoga para recibir a los muertos a medianoche».
    —Escucha —me dijo, y los dedos de su mano se cerraron sobre mi brazo—, voy a enseñarte el arte de separar el día de la noche. Mira siempre a la ventana y, si no está a tu alcance, mira los ojos de un ser humano; si ves en ellos una cara, cualquiera, sabrás que la noche ha ocupado el lugar del día. Pues, has de saber que la noche posee un rostro.
    Luego, sin darme tiempo para contestarle algo, me dijo adiós y desapareció en la nieve.
    Elie Wiesel. El alba. Traducción de Fina Warschaver. Austral

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2017/03/el-dia-elie-wiesel.html

    La noche, o un ejercicio de memoria, de un pequeño pueblo húngaro a los campos de concentración nazis, El alba, la víctima que se coloca en la posición del verdugo, los primeros pasos en la construcción de un país y los muertos que nos miran, sorprendidos, ante nuestros actos, y, por fin, El día, la imposibilidad de escapar a los propios recuerdos, donde un gesto, un trozo de pan, una chimenea, nos devuelve al horror, o de encontrar en el amor una salvación, llevar a los muertos dentro de nosotros, acogerlos para que no caigan en el olvido y sobrellevar la carga de seguir vivo y saber que se está roto.

    ¿Quiere saber quién soy, doctor? Soy también Moishe el contrabandista. Soy sobre todo aquel que ha visto a su abuela subir al cielo. Como una llama ahuyentó al sol y ocupó su lugar. Y ese nuevo sol, que ciega en lugar de alumbrar, me obliga a andar con la cabeza gacha. Pesa sobre el porvenir del hombre. Ensombrece el corazón y la visión de las generaciones futuras.
    Si le hubiera hablado en voz alta, habría comprendido la trágica condición de aquellos que volvieron, perdonados a cuenta, muertos vivientes. Hay que mirarlos atentamente. Su apariencia es engañosa. Son contrabandistas. Dirán que se parecen a los demás. Comen, ríen, aman. Buscan el dinero, la gloria, el amor. Como los demás. Pero es falso: representan, a veces sin saberlo. Quien ha visto lo que ellos han visto no puede ser como los demás; no puede reír, amar, orar, negociar, sufrir, divertirse ni olvidar. Como los demás. Hay que observarlos cuidadosamente cuando pasan ante una inocente chimenea de fábrica, o cuando se llevan el pan a la boca. Algo se estremece en ellos y hace que uno aparte los ojos. Esos seres han sido amputados, no de una pierna o de un ojo, sino de la voluntad y el gusto de vivir. Un día u otro, las cosas que vieron subirán a la superficie. Y entonces el mundo quedará aterrado y no osará mirar en los ojos a esos mutilados del alma.
    Si yo le hubiera hablado en voz alta, Paul Russel habría comprendido por qué no hay que hacer demasiadas preguntas a aquellos que han vuelto: no son seres normales. En ellos, un resorte interior se ha roto bajo el impacto. Tarde o temprano tienen que sentir los resultados. Pero yo no quería que él comprendiera. No quería que perdiera su equilibrio, que entreviera una verdad que en todo momento amenaza con estallar.

    Llega el día, tras la noche y la penumbra, tras el horror y la violencia, y sólo queda soportar la vida y asumir la condición de superviviente y testigo del infierno en la tierra. Wiesel termina su trilogía con una historia de amor y dolor, un hombre que se deja atropellar en un semáforo porque lleva una carga que lo atormenta y de la que nunca podría deshacerse, una carga que lo aleja de la vida y lo coloca tras una frontera extraña en la que ver los gestos cotidianos, las emociones más íntimas, y saberse fuera de ellas, alguien que anda entre dos mundos, un ser borroso que no sabe cómo darse a la vida y volver a ella a pesar de los recuerdos.

    Wiesel vuelve a la ficción para hablar del horror de los campos nazis y mostrar una herida siempre abierta por donde se cuelan los muertos, los familiares, aquellos que llegaron al cielo a través de una chimenea, los anónimos que desaparecieron en silencio, los muertos que necesitan a alguien que hable por ellos, que los recuerden, que revivan un momento de la infancia donde aún existía una idea de dios pura y benévola y los viejos eran sabios de caras arrugadas y respuestas sólidas e insólitas. El superviviente anegado por el dolor, que no se abandona al amor ni busca una especie de redención sino que continúa anclado al estremecimiento y la crueldad pasada.

    Ahí está Kathleen, una mujer que quiere escuchar las historias del narrador, que quiere acompañarle en su dolor, ser embarcadero y sostén y un paso al frente, su cuerpo desnudo que por momentos aísla el pasado pero cuyo eco siempre vuelve. Ahí está Eliézer, que fue un muchacho interesado por los gestos de dios, que escuchaba a su abuela y seguía los movimientos de su mano y la vio desaparecer en el humo del cielo, como desapareció la pureza de dios y el hombre, Eliézer, al que llaman santo y, a su vez, sabe que será odiado por aquel que escuche su historia, ya sea en un barco rumbo a América o en una habitación cerrada, porque en su historia están el temblor y la monstruosidad. Ahí está Sarah, otra superviviente que ofrece su cuerpo en los cafés de París y cuenta su historia de violaciones en los campos a un Eliézer que ve en ella la santidad que rechaza en él. Ahí están los muertos, alrededor y dentro de Eliézer.

    La trilogía de la noche parte de la realidad en La noche y se transforma en ficción en El alba y El día, una ficción es realidad, la pregunta por la ausencia de dios en el horror, la muerte alrededor y los muertos que nos observan y nos susurran sus sueños, los ojos de cadáver que devuelven los espejos a los vivos y los ojos de la muerte, la supervivencia y ser voz y herida en vida.

    Kathleen… ¿Dónde estará ahora? ¿En qué mundo? ¿En el de arriba o en el de abajo? Con tal de que no venga. Que no aparezca en esta habitación. Que no me vea así. Con tal de que no acompañe a la enfermera. Con tal de que no se convierta en enfermera. Y que no me dé inyecciones de penicilina. No quiero su ayuda en el combate que tengo que librar contra el enemigo. Es una muchacha encantadora, su-per-la-ti-vamente encantadora, pero ella no comprende. No comprende que el enemigo no es la muerte. Sería demasiado fácil si lo fuera. Ella no comprende. Cree demasiado en la potencia, en la omnipotencia del amor. Ámame y estarás protegido. Amaos los unos a los otros y todo irá bien: el sufrimiento abandonará la tierra de los hombres para siempre. ¿Quién ha dicho esto? Cristo probablemente. Él también creía demasiado en el amor. En cuanto a mí, me río del amor como de la muerte. Yo podía reír pensando en ellos. Ahora también podría reírme de ellos a carcajadas. Sí, pero los músculos de la cara no me obedecen más. Siento demasiado frío.

    ***

    Me encontraba en un barco francés en camino para la América del Sur. Era mi primer encuentro con el mar. La mayor parte del tiempo permanecía en el puente estudiando las olas que, incansables, cavaban tumbas para volver a llenarlas enseguida. Yo iba en busca del Dios niño porque lo imaginaba grande y poderoso, inmenso e infinito. El mar me ofrecía dicha imagen. De pronto, comprendí a Narciso: no había caído en la fuente. Se había arrojado a ella. En un momento dado, mi deseo de unirme al llamado profundo del mar fue tan fuerte que faltó poco para que saltara por la borda.
    No tenía nada que perder, que lamentar. No estaba ligado a la tierra de los hombres. Todo lo que me era querido lo había dispersado el humo. La casita de paredes resquebrajadas donde, a la luz melancólica de las velas, niños y ancianos venían a orar o estudiar canturreando, estaba en ruinas. Mi maestro que, el primero, me había enseñado que la existencia es un misterio, que más allá de las palabras está el silencio, mi maestro que vivía con la cabeza gacha como si no osara mirar al cielo de frente, mi maestro hacía mucho tiempo que estaba convertido en cenizas. Y mi hermanita, que se burlaba de mí porque nunca jugaba con ella, porque yo era demasiado serio, mi hermanita no jugaba ya más.
    Elie Wiesel. El día. Traducción de Fina Warschaver. Austral

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  • 4

    Esencial para entender las abrumadoras secuelas que dejó tras de sí el Holocausto.
    Entre la autobiografía y la ficción, se mueven estas tres frías narraciones plenas de resentimiento, agonía y espanto ...continue

    Esencial para entender las abrumadoras secuelas que dejó tras de sí el Holocausto.
    Entre la autobiografía y la ficción, se mueven estas tres frías narraciones plenas de resentimiento, agonía y espanto.
    Mediante el uso de un estilo crudo, seco y árido, Elie Wiesel plantea los dilemas propios con los que se tiene que enfrentar todo superviviente al horror más injustificado.
    Meditaciones y reflexiones extremas, que ponen en duda la verdadera existencia de Dios en este cochino mundo; el ajusticiamiento o la venganza a nivel personal; o a la de tener nuevamente confianza en el ser humano por medio del amor.
    Muy buena.
    De una calidad similar a la "Trilogía de Auschwitz" de Primo Levi, o a "Sin destino" del húngaro Imre Kertesz.

    said on