White Noise

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Publisher: Penguin Books Ltd

3.9
(2646)

Language: English | Number of Pages: 310 | Format: Paperback | In other languages: (other languages) Chi simplified , Italian , German , French , Swedish , Spanish , Slovenian , Chi traditional

Isbn-10: 0143105981 | Isbn-13: 9780143105985 | Publish date: 

Also available as: Audio Cassette , Library Binding , Hardcover , Others , eBook

Category: Family, Sex & Relationships , Fiction & Literature , Social Science

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Book Description
Buy a poster of the "White Noise" jacket art designed by Michael Cho Read a review about "White Noise" in the "Los Angeles Times" Winner of the National Book Award, "White Noise" tells the story of Jack Gladney, his fourth wife, Babette, and four ultra-modern offspring as they navigate the rocky passages of family life to the background babble of brand-name consumerism. When an industrial accident unleashes an "airborne toxic event," a lethal black chemical cloud floats over their lives. The menacing cloud is a more urgent and visible version of the "white noise" engulfing the Gladneys-radio transmissions, sirens, microwaves, ultrasonic appliances, and TV murmurings-pulsing with life, yet suggesting something ominous.
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  • 5

    Verrà la morte e avrà i tuoi occhi
    questa morte che ci accompagna
    dal mattino alla sera, insonne,
    sorda, come un vecchio rimorso
    o un vizio assurdo. I tuoi occhi
    saranno una vana parola,
    un grido taci ...continue

    Verrà la morte e avrà i tuoi occhi
    questa morte che ci accompagna
    dal mattino alla sera, insonne,
    sorda, come un vecchio rimorso
    o un vizio assurdo. I tuoi occhi
    saranno una vana parola,
    un grido taciuto, un silenzio.
    Cosí li vedi ogni mattina
    quando su te sola ti pieghi
    nello specchio. O cara speranza,
    quel giorno sapremo anche noi
    che sei la vita e sei il nulla.

    Per tutti la morte ha uno sguardo.
    Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
    Sarà come smettere un vizio,
    come vedere nello specchio
    riemergere un viso morto,
    come ascoltare un labbro chiuso.
    Scenderemo nel gorgo muti.

    [C. Pavese]

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  • 4

    Il mio primo DeLillo. Molto strano. Non avevo idea di cosa aspettarmi dalla sua scrittura, e pure la storia l'ho trovata diversa rispetto a quello che credevo avrei letto una volta sbirciata la trama. ...continue

    Il mio primo DeLillo. Molto strano. Non avevo idea di cosa aspettarmi dalla sua scrittura, e pure la storia l'ho trovata diversa rispetto a quello che credevo avrei letto una volta sbirciata la trama. Tutto questo non in senso negativo, però: anzi. E' solo che la faccenda deve carburare, ha bisogno di tempo, scrittura e autore non sono immediati e devo lasciarli crescere dentro e maturare. Molto probabilmente fra qualche mese ci ripenserò su e deciderò che è un capolavoro. I personaggi mi sono piaciuti moltissimo, primi fra tutti gli antipaticissimi figli. Romanzo che cresce, all'inizio non entravo molto in sintonia con la storia, poi è arrivato il Dylar e le cose sono apparse un po' più chiare... Ora sono molto curiosa di vedere come sono gli altri libri. Nel frattempo, gli do 4 stelline sulla fiducia.

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  • 5

    Da Hitler a Elvis, passando per DeLillo

    Partiamo da un punto: credo che "Rumore bianco" sia uno dei migliori romanzi di DeLillo. Punto finito.
    Argomento.
    "Rumore bianco" è una storia corale, con le varie voci della famiglia del protagonista ...continue

    Partiamo da un punto: credo che "Rumore bianco" sia uno dei migliori romanzi di DeLillo. Punto finito.
    Argomento.
    "Rumore bianco" è una storia corale, con le varie voci della famiglia del protagonista che si fanno spazio nella narrazione, ma è al tempo stesso una storia introspettiva nei dubbi esistenziali di Jack. è una storia sulla morte, in cui esplode il rapporto della società contemporanea con il fine-vita, ma è anche una storia piena di vita, che prende linfa proprio dalle relazioni che costruiscono la trama. è una storia di DeLillo, in cui lo stile, mai scontato, è portato all'estremo: supermercati che si fanno regno, nubi tossiche, Hitler ed Elvis.
    "Rumore bianco", più di tutto, però, mi ha colpito perché è un testo coraggioso, analitico e chirurgico, nel mostrare le nostre paure più recondite e come esse si intrecciano nelle relazioni.

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  • 4

    … La paura è autocoscienza portata a un livello più elevato ...


    "Esatto Jack"
    "E la morte?" - chiesi.
    "L'io, l'io, l'io. Se la morte potesse essere vista come un fatto meno strano e privo di riferimenti, il tuo senso del'io in rapporto con essa diminuirebbe, e co
    ...continue


    "Esatto Jack"
    "E la morte?" - chiesi.
    "L'io, l'io, l'io. Se la morte potesse essere vista come un fatto meno strano e privo di riferimenti, il tuo senso del'io in rapporto con essa diminuirebbe, e con esso anche la paura."

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  • 3

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2015/09/ruido-de-fondo-don-delillo.html

    Ruido de fondo es el miedo a la muerte, los pasillos de los supermercados y el ruido constante de televis ...continue

    http://caminosquenollevananingunsitio.blogspot.com.es/2015/09/ruido-de-fondo-don-delillo.html

    Ruido de fondo es el miedo a la muerte, los pasillos de los supermercados y el ruido constante de televisores, radios y trituradoras de basura, es un mundo anodino y tecnológico que cambia y nos arrastra con él a un destino de nubes tóxicas, simulacros, exposiciones químicas y atardeceres brutalmente hermosos, es una pequeña ciudad aséptica en la que instalarse para olvidar el cemento y la rapidez de la gran ciudad y una familia formada por una pareja con otras relaciones detrás y los hijos de ambos que cruzan el mundo para ver a sus distintos padres, es la similitud de los miedos y las rancheras que dejan a los estudiantes en sus residencias el primer día de curso, es el aburrimiento (de una vida sin riesgos), los estudios sobre Hitler, Elvis y los accidentes de coche y la respuesta a la incertidumbre sobre qué hay tras la muerte, es una droga inhibidora y una gran broma donde las monjas no creen en Dios y los intelectuales grises y apáticos caen en comportamientos histéricos.

    DeLillo usa la muerte como ruido de fondo que confunde y amedrenta a sus personajes y los lleva una vida de consumismo y simulacros, de noches paralizados por el miedo y decisiones extremas. Está un profesor universitario experto en Hitler y su mujer, una profesora que sube y baja las escaleras del estadio, que forman una familia con hijos de diferentes matrimonios (una pequeña comunidad donde los niños aparecen y desaparecen de la casa y son excépticos con las relaciones y la vida), está un profesor que abandona la gran ciudad por la aparente realidad de las pequeñas ciudades estadounidenses, está un hombre que quiere inventar una droga que haga desaparecer el temor a la muerte y la pregunta de qué pasaría si viviésemos sin ese temor. Es la muerte la que detiene o hace avanzar a los personajes, la que hace de la vida una simulación y un extraño chiste, la que provoca insomnios y el acomodo en el consumismo y la tecnología.

    —Resulta muy extraño. Padecemos estos miedos terribles, profundos y constantes en torno a nosotros mismos y a la gente que amamos y, sin embargo, vamos de un lado a otro, charlamos con la gente, comemos y bebemos. Nos las arreglamos para funcionar. Nuestros sentimientos son profundos y reales. ¿Acaso no deberían bastar para paralizarnos? ¿Cómo es posible que sobrevivamos a ellos, al menos durante un tiempo? Conducimos un automóvil, impartimos una clase. ¿Cómo es que nadie advierte cuán atemorizados nos hemos sentido la noche anterior o esa misma mañana? ¿Se trata de algo que todos ocultamos entre nosotros por acuerdo mutuo? ¿O quizá ocurre que compartimos el mismo secreto sin saberlo? ¿Que llevamos el mismo disfraz?
    —¿Y si la muerte no fuera otra cosa que ruido?
    —Un ruido eléctrico.
    —Que oyéramos eternamente. Un ruido omnipresente. Qué horror.
    —Uniforme, de fondo.
    —A veces me inunda —dijo —; otras, se insinúa poco a poco en mi interior. Intento comunicarme con ella: «Ahora no, Muerte.»
    —Permanezco tendido en la oscuridad, contemplando el reloj. Siempre números impares. La una y treinta y siete de la madrugada. Las tres y cincuenta y nueve de la madrugada.

    Ruido de fondo empieza con una fila de rancheras idénticas en una residencia universitaria y termina con los personajes ante un atardecer y las estanterías de los supermercados con un nuevo orden. Entre medias, unos personajes que dialogan sobre sus miedos, los tiempos modernos, la fragilidad del ser humano y su dependencia tecnológica, una nube tóxica que obliga a evacuar una ciudad entera hacia un destino incierto, saber que hay algo que tira de ellos y los acerca poco a poco al abismo. DeLillo construye una historia divertida, aburrida y reflexiva, a grandes páginas sobre el miedo a la muerte y el desorden de la vida moderna le suceden otras donde predomina el tedio de unos personajes que no se mueven ni reaccionan, que miran la televisión o escuchan la radio y parecen devorados por sus emisiones.

    Hay una escena memorable contada con un tono irónico y humorísitico por DeLillo, el profesor protagonista delante de un cajero, una especie de tótem moderno donde confirmar las creencias y la existencia. La familia se reúne un día a la semana delante del televisor, la radío siempre de fondo, frases inconexas que irrumpen en las conversaciones de los personajes, la lenta deriva hacia la irrealidad y la simulación.

    Por la mañana, fui andando al banco. Me dirigí al cajero automático para verificar mi saldo. Inserté la tarjeta, tecleé mi código secreto y mecanografié la solicitud. La cifra de la pantalla coincidía aproximadamente con mis previsiones, penosamente determinadas tras largos cálculos, revisiones de documentos y atormentada aritmética. Me sentí inundado por una oleada de alivio y gratitud. El sistema había concedido su bendición a mi existencia. Pude percibir su apoyo y su aprobación. Los ordenadores del sistema, la estructura que descansa en una habitación cerrada de quién sabe qué ciudad distante. Qué interacción tan agradable. Sentí que algo dotado de un profundo valor personal —no el dinero, ni mucho menos— acababa de ser verificado y confirmado. Una pareja de guardias escoltaban a un desequilibrado hasta la salida del banco. El sistema era invisible, lo que hacía que enfrentarse a él resultara tanto más sobrecogedor e inquietante. Pero estábamos de acuerdo, al menos por el momento. Las redes, los circuitos, las corrientes, las armonías.

    La mezcla de escenas familiares, evacuaciones sacadas de películas apocalípticas, las conversaciones trascendentales o anodinas, los aparatos que emiten ondas y radiaciones, drogas que inhiben el miedo a la muerte, los personajes que se interrogan sobre la vida y caen en situaciones burdas llevados por unas emociones tan humanas y previsibles como los celos. DeLillo lleva a sus personajes por pasillos de supermercados o carreteras atestadas, reflexiona sobre la condición humana, su adaptación a un mundo dominado por lo tecnológico y virtual, su incapacidad por empezar de cero en caso de una regresión temporal, su miedo a la muerte.

    Cuando leo las esquelas siempre me fijo en la edad de los fallecidos y la comparo automáticamente con la mía propia. Me quedan cuatro años, pienso. Nueve años. Dos años y habré muerto. El poder de los números resulta especialmente evidente cuando nos servimos de ellos para especular acerca del momento de nuestra muerte. A veces, regateo conmigo mismo. ¿Estaría dispuesto a aceptar sesenta y cinco, la edad que tenía Gengis Khan al morir? Solimán el Magnífico logró alcanzar los setenta y seis. No suena mal —especialmente si tenemos en cuenta cómo me siento ahora—, pero, ¿cómo sonará cuando tenga setenta y tres?
    Resulta difícil imaginar a estos hombres experimentando amargura frente a la muerte. El huno Atila murió joven. Aún no había concluido la cuarentena. ¿Sentiría lástima de sí mismo? ¿Sucumbiría a la depresión y a la autocompasión? Era rey de los hunos, invasor de Europa, azote de Dios. Quiero creer que descansaría tendido en su tienda, envuelto en pieles de animales, como si formara parte de alguna superproducción épica con financiación internacional, y también que pronunciaría frases valerosas y crueles ante sus lugartenientes y criados. Sin permitir el debilitamiento de su espíritu. Sin sensación de la ironía de la existencia humana, de representar la forma más elevada de vida sobre la tierra y aun así hallarse sometido a una tristeza inefable porque sabe lo que ningún otro animal sabe: que tiene que morir. Atila no asomó por la abertura de su tienda para señalar con un gesto la presencia de un perro cojo tendido junto al fuego a la espera de que alguien le arrojara un resto de carne. No dijo: «Esa bestia patética, devorada por las pulgas, es más afortunada que el más grande de los dirigentes humanos. No sabe lo que nosotros sabemos, no siente lo que nosotros sentimos, no puede experimentar la pesadumbre que nosotros experimentamos.»
    Quiero creer que no sintió miedo. Aceptaría la muerte como una experiencia que fluye naturalmente de la vida, como una carrera alocada a través del bosque, tal y como parecería apropiado para quien ha sido conocido como el azote de Dios. Así fue como terminó todo para él, con sus soldados cortándose los cabellos y desfigurándose los rostros en un bárbaro homenaje, a medida que la cámara retrocede hasta el exterior de la tienda y nos ofrece una panorámica del firmamento nocturno del siglo v, puro y no contaminado, orlado por el fulgor de otros mundos titilantes.

    ***

    La inmensa masa oscura avanzaba como el buque fantasma de una leyenda nórdica, escoltada a través de la noche por criaturas acorazadas y dotadas de alas en espiral. No sabíamos con seguridad cómo reaccionar. Era terrible contemplarla tan cercana, a tan poca altura, cargada de cloruros, bencenos, fenoles, hidrocarburos o cualquiera que fuese su exacto contenido tóxico. Sin embargo, también resultaba espectacular: formaba parte de la grandiosidad de un acontecimiento arrollador, como las vívidas escenas de la estación de cambio de agujas o de la gente que atravesaba dificultosamente el paso elevado con sus niños, sus provisiones y sus pertenencias formando un trágico ejército de desposeídos. Nuestro temor se manifestaba acompañado de una sensación de sobrecogimiento que rozaba lo religioso. Sin duda, resulta posible sentirse conturbado por aquello que amenaza tu vida, contemplarlo como una fuerza cósmica infinitamente mayor y más poderosa que tú, surgida de ritmos obstinados y elementales. Aquello era la muerte fabricada en el laboratorio, una muerte definida y mensurable que, sin embargo, concebíamos en ese momento de un modo simple y primitivo, cual si se tratara de una perversidad estacional del planeta, una inundación o un tornado, algo que escapa a nuestro control. Nuestra indefensión no parecía compatible con la idea de un suceso originado por el hombre.

    ***

    Aquí estamos, en la Edad de Piedra, habiendo aprendido ya todas estas cosas tan importantes a lo largo de siglos de desarrollo y aún incapaces de facilitar la vida a los habitantes de nuestra época. ¿Podemos fabricar un refrigerador? ¿Podemos siquiera explicar cómo funciona? ¿Qué es la electricidad? ¿Qué es la luz? Se trata de cosas que experimentamos todos los días de nuestra vida y, sin embargo, ¿de qué nos sirven si nos vemos remontados en el tiempo y no podemos siquiera revelar a la gente sus principios básicos y mucho menos fabricarlas para mejorar nuestra situación? Nombra una sola cosa que serías capaz de fabricar. ¿Podrías acaso fabricar una simple cerilla de madera con la que obtener fuego al rasparla contra una piedra? Nos creemos tan importantes y tan modernos, con nuestros alunizajes y nuestros corazones artificiales. Pero, ¿qué ocurre si uno es arrojado a otro tiempo y se encuentra cara a cara con los antiguos griegos? Los griegos inventaron la trigonometría. Realizaban autopsias y disecciones. ¿Qué podrías decirle a un griego a lo que él no respondiera «Vaya cosa»? ¿Podrías hablarle del átomo? Átomo es una palabra griega. Los griegos sabían que los acontecimientos fundamentales del universo no pueden ser distinguidos por el ojo humano. Son ondas, rayos, partículas.
    —Ahora estamos bien.
    —Estamos aquí, sentados en esta enorme sala mohosa. Como si nos hubiéramos remontado en el tiempo.
    —Disponemos de calor y de luz.
    —Cosas de la Edad de Piedra. También ellos tenían luz y calor. Tenían fuego. Frotaban pedernales y producían chispas. ¿Serías tú capaz de frotar dos pedernales? ¿Sabrías distinguir el pedernal si lo vieras? Si un hombre de la Edad de Piedra te preguntara qué es un nucleótido, ¿sabrías explicárselo? ¿Cómo fabricamos el papel carbón? ¿Qué es el vidrio? Si despertaras mañana en la Edad Media y se hubiera desatado una epidemia, ¿qué podrías hacer para detenerla sabiendo lo que sabes de medicina y de enfermedades? Aquí estamos, prácticamente en el siglo veintiuno. Has leído cientos de libros y de revistas, y has visto multitud de programas de televisión que hablan de ciencia y de medicina. ¿Podrías revelar a esa gente tan sólo un pequeño detalle crucial que pudiera salvar un millón y medio de vidas?
    —Les diría que hirvieran el agua.
    —Claro. ¿Y qué me dices de lavarse detrás de las orejas? Iba a serles más o menos de la misma utilidad.
    —Aun así, creo que no estamos tan mal. No hubo aviso previo. Tenemos comida, tenemos radios.
    —¿Qué es una radio? ¿Cuál es el principio de una radio? Adelante, explícalo. Estás sentado en medio de este círculo de personas que emplean utensilios de piedra y se alimentan de larvas. Explícales la radio.
    —No hay misterio alguno. Se trata de potentes transmisores que envían señales. Las señales viajan por el aire y son recogidas por receptores.
    —Viajan por el aire. ¿Como los pájaros, quizá? ¿Por qué mejor no les hablas de magia? Viajan por el aire en ondas mágicas. ¿Qué es un nucleótido? Lo ignoras, ¿no es cierto? Y sin embargo, es el material de construcción con el que se fabrica la vida. ¿De qué nos sirve el conocimiento si éste se limita a flotar en el aire? ¿Si se limita a viajar de ordenador en ordenador? Cambia y crece con cada segundo que pasa al cabo del día, pero nadie sabe nada en realidad.
    Don DeLillo. Ruido de fondo. Traducción de Gian Castelli. Austral.

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  • 2

    La paura di morire dei morti viventi

    Jake è un professore di studi hitleriani in un piccolo college, in una piccola città. Fa parte della media borghesia, ha una famiglia allargata frutto di tre o quattro precedenti matrimoni. Un'esisten ...continue

    Jake è un professore di studi hitleriani in un piccolo college, in una piccola città. Fa parte della media borghesia, ha una famiglia allargata frutto di tre o quattro precedenti matrimoni. Un'esistenza grigia, pervasa dalla paura della morte. E affronta la quotidianità, come l'emergenza (nello specifico una nube tossica che si sprigiona a seguito di un incidente) con una calma gelida. Jake, come la moglie Babette, come l'intera comunità, sembra sospeso tra la paura della morte e l'incapacità di vivere.
    DeLillo scrive benissimo. E questo libro è una triste rappresentazione della società post moderna, fatta di consumatori, non persone. Che vive nei supermercati, che non prova sentimenti veri, che non crede a nulla, tranne a quello che si legge sui tabloid...
    Per me è stata una lettura faticosa, noiosa. La freddezza e il piattume dei personaggi e della "storia", i dialoghi spesso vuoti, spesso fuori contesto, la filosofia spiccia... mi ha lasciato addosso sensazioni strane... I personaggi marginali, le figlie adolescenti, sono forse le uniche figure in qualche modo "reattive". E il bambino, Wilder, che si lancia con il triciclo in autostrada, è forse l'unico a conservare qualcosa di positivo: l'incoscienza, la mancanza della conoscenza della morte. E' l'unico ancora vivo. Non si sa per quanto.

    said on 

  • 4

    Scritto in modo geniale

    La mia mente limitata non riesce a vederci un capolavoro, nonostante sia scritto in modo veramente geniale. In perfetto stile letterario postmoderno americano, manca di una vera e propria trama. ...continue

    La mia mente limitata non riesce a vederci un capolavoro, nonostante sia scritto in modo veramente geniale. In perfetto stile letterario postmoderno americano, manca di una vera e propria trama.

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