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Hace unas semanas me sorprendió la noticia de la edición de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, novela que escribió Haruki Murakami en 1985 entre La caza del carnero salvaje y Tokio Blues. Y en cierta forma siento este libro como un puente entre ambas historias. Por un lado tien ... (continue)
Hace unas semanas me sorprendió la noticia de la edición de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, novela que escribió Haruki Murakami en 1985 entre La caza del carnero salvaje y Tokio Blues. Y en cierta forma siento este libro como un puente entre ambas historias. Por un lado tiene la búsqueda y el mundo simbólico de La caza del carnero salvaje y por otro la melancolía y la lánguida tristeza de Tokio Blues.
Mi primer libro de Murakami fue Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una lectura que recuerdo asombrosa, insólita y surrealista, un primer paso en un mundo literario donde no hay fronteras entre lo real y lo soñado, lo consciente y el inconsciente, la melancolía y lo inverosímil. Tokio Blues me hizo conocer a otro Murakami donde primaba la nostalgia, una suave tristeza, el aliento de la muerte y la pérdida. Cada libro que leía de Murakami orbitaba entre estos dos tipos de historias, y en alguno de ellos, como en este El fin del mundo... se entrelazan de manera admirable y sin fisuras.
Si hace un año After Dark me decepcionó por la desnudez y austeridad de una historia demasiado fría y aséptica, ahora me siento admirado y conmovido por las dos historias que se cruzan en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Mientras avanzaba por sus páginas mi ánimo pasaba de la sorpresa a la emoción, de la estupefacción a la calidez, sentía cómo el libro enraizaba dentro de mí y me hacía entrar en un mundo dominado por diferentes dimensiones y emociones.
En este libro encontré algunos lugares comunes de las novelas de Murakami, los bosques, pozos y cavernas, las diferentes dimensiones fuera de la realidad, el jazz, la música clásica y el alcohol, las taciturnas historias de amor, las referencias cinematográficas (en este caso a John Ford, el actor Ben Johnson, Walter Hill, Casablanca o El hombre del brazo de oro) y literarias (Joseph Conrad, Maugham, Balzac, Turgueniev...), lugares comunes que me hacen sentir cómodo y cercano al mundo de Murakami.
El libro se divide en dos historias, los capítulos avanzan entrelazando ambas historias. En “El despiadado país de las maravillas” un calculador conoce a un extravagante científico y su expansiva y sonrosada nieta. El científico se dedica a investigar el cerebro y la conciencia humana en un laboratorio bajo las entrañas de Tokio en un mundo oscuro, aterrador y dominado por unas extrañas criaturas, los tinieblos. En “El fin del mundo”, el narrador vive un en lugar utópico, rodeado por una muralla inquietante, unos unicornios que cambian de pelaje según la estación del año y unos habitantes sin egos ni corazón (sin emociones ni recuerdos, sin sombra ni muerte). La extrañeza y el misterio de estas historias desaparecen pronto y entras en el juego que te plantea Murakami. Poco a poco las dos historias se conectan de la manera menos prevista.
Me emociona la forma que tiene Murakami de entender y narrar las relaciones amorosas, el lirismo en los encuentros entre el narrador y las diferentes mujeres de las dos historias, las conversaciones quedas y reflexivas junto a ventanas lluviosas, la naturalidad y la languidez del sexo. Y, cómo no, la facilidad de Murakami para imaginar mundos (im)posibles, el utópico final del mundo, el despiadado país de las maravillas, cercano a la sombría ciencia-ficción de Dick, las preguntas sobre los recodos en la conciencia que todos nosotros llevamos dentro sin poder alcanzarlos.
Hace casi 25 años Murakami escribió un libro insólito y conmovedor, la antesala perfecta para las historias melancólicas que estaban por llegar en Tokio Blues y Al sur de la frontera, al oeste del sol.
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