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Mar 21, 2009 |
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De Maquinas Y Seres Vivos
Me cuesta hablar mal de un libro que debería ser uno de mis favoritos. Me explico: desde que estudiaba en la universidad me he sentido ligado al pensamiento constructivista, desde mi primer acercamiento a la cibernética la idea de la “autoreferencia” de los sistemas me ha parecido central al quehace ... (continue)
Me cuesta hablar mal de un libro que debería ser uno de mis favoritos. Me explico: desde que estudiaba en la universidad me he sentido ligado al pensamiento constructivista, desde mi primer acercamiento a la cibernética la idea de la “autoreferencia” de los sistemas me ha parecido central al quehacer científico.
Junto con el concepto de retroalimentación de Wiener, la “autopoiesis” es otro obligado del pensamiento constructivista. Y el libro que dio a luz a éste último es, precisamente: “De máquinas y seres vivos”. Es por este motivo que debería ser uno de mis favoritos.
El libro presenta un discurso demasiado adornado, lleno de adjetivos y florituras seudoformales que sólo ensucian la elegancia del concepto central. Buscando el formalismo de las matemáticas, los autores se pierden en un galimatías difícil de seguir.
Ya para el final, de una manera más que tramposa, intentan demostrar que la comunicación y la lingüística nada tienen que ver con la información, concepto que por alguna razón les incomoda. De aquí y de otros lados, se justifican para cargarle los muertos del capitalismo y de la competencia social al pobre Darwin y nos tratan de convencer de que su concepto es el salvador de las sociedades, pues fundamenta un orden social más bien socialista. Por supuesto, el problema social no es el único que la nueva panacea resuelve; para los autores, la autopoiesis resuelve casi todos los problemas filosóficos y biológicos existentes.
Con el constructivismo como bandera, nos dicen que no es posible hacer una descripción completa de la realidad, pero al mismo tiempo justifican sus argumentaciones en una lógica respaldada por el mundo físico, algo que más bien es una caricatura del discurso wittgeinsteiniano del Tractatus.
En fin, que no me ha gustado el libro. Me impresiona que, a pesar de un discurso tan falto de rigor y lleno de pretensiones, el concepto de “autopoiesis” haya logrado hacer su camino en el mundo de la ciencia.
Rescatable, sin lugar a dudas, es el prólogo que escribe Varela 20 años después de la primera edición. Esto y otras lecturas de libros de ambos autores, me inclinan a pensar que todo lo que tiene de bueno el libro es culpa de Varela, el resto es de Maturana.